En noviembre próximo cumple 50 años de labor docente en la UTP. Uno de los primeros con formación doctoral en la institución. Es fundador de la Maestría en Enseñanza de la Matemática. Ha vivido las grandes transformaciones académicas de la universidad y aunque ya está pensionado mantiene su pasión en el salón de clases. A Pereira llegó con su inseparable esposa Gloria Obregón.
Llegó a Pereira sin conocer la ciudad, sin apartamento y con una maleta llena de sueños y la compañía inseparable de Gloria Cecilia Obregón, su esposa y compañera de vida. Era el primero de noviembre de 1976 y la Universidad Tecnológica de Pereira apenas se mostraba a la región con 4 de sus primeras facultades y cerca de dos mil estudiantes.



Carlos Alberto Mora recuerda esa llegada a Pereira, con toda una vida por delante, su juventud entera y con la expectativa por lo que pasaría en esa nueva apuesta profesional, en una ciudad desconocida y de la que tampoco tenía referentes y una universidad donde el rector recibía personalmente a los nuevos profesores para posesionarlos.
“Nos llamó la atención el clima, la amplitud con que nos recibieron en la universidad y también la pujanza académica manifestada en el inicio de un convenio de maestría con la Universidad Nacional de Colombia”, dice mientras reconstruye una historia que ya suma medio siglo.
Venía de Bogotá, de estudiar Matemáticas en la Universidad Pedagógica Nacional. Antes había sido cobrador, vigilante, ayudante de almacén y celador. Todo lo necesario para sostenerse en una familia numerosa de ocho hermanos, donde estudiar era un milagro.
“Profesionalmente lo único que he sido es docente”, afirma.
Los foráneos
Antes de Pereira estuvo en la Universidad de Pamplona. Allí descubrió lo que significaba ser “foráneo”. La palabra quedó marcada en su memoria porque, curiosamente, sus amigos también eran personas venidas de otros lugares.
“Rápido hicimos amistades y de pronto nos dimos cuenta de que todos nuestros amigos eran de fuera. Así nos decían: los foráneos”.
En medio del frío pamplonés apareció un aviso de prensa anunciando un concurso para docentes en la Universidad Tecnológica de Pereira. Aplicó sin conocer la ciudad.
Y lo aceptaron.
“Nos admitieron inmediatamente. Comencé a trabajar de una vez. Vivimos en el Hotel Cataluña, en la calle 19”.
Todavía recuerda el hotel, la cercanía con la Plaza de Bolívar y, sobre todo, la comida.
“En realidad nos gustó porque la comida era muy buena”.
Una ciudad distinta
Pereira terminó convirtiéndose en una revelación para él. No solo por el clima o la música que empezó a descubrir en reuniones con colegas universitarios. También por la manera como la ciudad acogía a los profesores de la Tecnológica.
“Fuera de la universidad se estimaba y se apreciaba mucho a los profesores de la Tecnológica. Esa era su carta de presentación”.
La ciudad le pareció amable. Cercana. Posible.
Tanto, que en menos de seis meses él y Gloria ya tenían casa propia. Fácilmente les aprobaron un crédito en el Banco Popular, fácil de pagar.
“No habíamos hecho nada especial para merecer tanto, pero entendimos que esta era una región diferente”.
Ese “nosotros” aparece constantemente en su relato. Porque Carlos Mora nunca habla sólo de sí mismo. Siempre habla en plural. Siempre habla del equipo que ha construido junto a Gloria Cecilia.
“Todo lo hemos hecho juntos. Carrera juntos, maestría juntos, doctorado juntos, trabajar juntos”.
Incluso viajaron juntos a Estados Unidos para continuar sus estudios.
Abrir la mente
En una época en que tener doctorado era excepcional dentro de las universidades colombianas, Carlos Mora viajó a la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign. Allí entendió que la formación académica también consistía en ampliar la mirada.
“La experiencia fue no solamente académica, sino abrir el panorama, la mente, entender otras formas, otras culturas”.
Al regresar encontró una universidad distinta. Una institución que comenzaba a pensar en investigación, proyectos financiados y transformación académica.
Participó entonces en proyectos con el Ministerio de Educación, coordinó en Risaralda el programa de calculadoras Texas Instruments y ayudó a consolidar uno de los proyectos que más orgullo le generan: la Maestría en Enseñanza de la Matemática.
“Ese fue un momento importante de realización”.
La universidad que creció
Cuando Carlos Mora llegó, la universidad tenía tres ingenierías, Educación y poco más. No existía Ciencias Básicas como facultad y los matemáticos estaban divididos entre Educación con el programa de Licenciatura en Matemáticas a donde llegó Carlos y Estudios Básicos como soporte a las ingenierías. La modernización académica llevó a que se creara la Facultad de Ciencias Básicas la que se convirtió en su sede académica.
Con los años vio crecer edificios, programas y facultades. Vio cómo se levantó Ciencias Ambientales, cuando salió la biblioteca del edificio que hoy ocupa Sistemas y el CRIE, al actual Jorge Roa; Bellas Artes dejó el sector del Parque Olaya para integrarse al campus. Vio aparecer nuevas estructuras después del terremoto. Vio multiplicarse los estudiantes, pero también vio cambiar la enseñanza.
Confiesa que al comienzo era un profesor mucho más formal, más rígido en el lenguaje matemático. La experiencia y el contacto con estudiantes de ingeniería lo obligaron a transformar sus métodos. “Había que usar otro lenguaje”.
Aprendió entonces que enseñar no era demostrar cuánto sabía el profesor, sino encontrar la manera adecuada de hacer comprender.
“Lo que a uno le va dejando la experiencia como docente es ser cada vez más efectivo, enseñar más con menos palabras”.
Y en medio de la era digital, de la inteligencia artificial y de las respuestas automáticas, encontró lo que para él sigue siendo el verdadero oficio del maestro.
“Los programas dan las respuestas, pero no las preguntas. Hay que saber y enseñar preguntar”.
El valor del trabajo
Nunca quiso cargos administrativos. Nunca le interesaron los sobresueldos ni las posiciones de poder universitario.
Lo suyo era el aula. El tablero. La conversación académica. El trabajo silencioso.
“Lo importante es hacer el trabajo y tratar de hacerlo bien”. Esa frase parece resumir toda su vida.
Habla de puntualidad, responsabilidad y disciplina como el complemento a los valores que han estado presentes en su vida.
Hoy habla de la Universidad Tecnológica de Pereira, no como un lugar de trabajo si no como un espacio de vida.
“Después de 50 años en la universidad, yo puedo decir que la universidad para mí no es media vida, sino casi toda la vida”.
Los momentos felices
Hay varios instantes que guarda intactos.
El primero: graduarse de la maestría del convenio entre la UTP y la Universidad Nacional.
El segundo: recibir la aprobación oficial de la Maestría en Enseñanza de la Matemática.
El tercero: la resolución de jubilación.
Y un cuarto momento que dice con una sonrisa tranquila. “Que la universidad no haya querido deshacerse de mí y todavía me permita ejercer”.
Porque aunque oficialmente está jubilado, Carlos Mora sigue llegando al salón de clase. Sigue enseñando. Sigue preguntando. Sigue entrando al aula con la misma pasión del joven bogotano que un día abandonó la ingeniería para descubrir en la matemática el primer amor de su vida porque el segundo, dice él mismo, todavía lo acompaña.
“En la pedagógica descubrí el segundo amor de mi vida, que aún me acompaña todavía y juntos construimos sueños felizmente casados”.








