Salió del corazón del barrio el Jardín de Pereira. Estudió en el Instituto Técnico Superior y quería hacer la carrera de arquitectura, pero las condiciones económicas de su familia no se lo permitieron. Luego se graduó como Ingeniero Mecánico, se ensayó en la empresa privada y hasta hizo emprendimiento. Pero como él dice, para la época, fue un curso de AutoCAD el que le abrió la puerta a la docencia y desde entonces la UTP se convirtió en su proyecto de vida.

Y es que la UTP apareció en su vida cuando apenas era un adolescente y estudiaba en el Colegio Instituto Técnico Superior de Pereira. Desde entonces se daba sus caminatas al lado de otros compañeros para ir a sacar copias, para hacer actividades deportivas o ir a la cafetería central, conocida como el “galpón”. Sin embargo, sus sueños se construían en una carrera que ni siquiera había en Pereira, por lo que debía hacerla en Manizales, Medellín o Cali. A modo de hecho premonitorio, el énfasis vocacional del colegio lo había guiado por el área de la Metalmecánica.

Además, una vez se graduó como bachiller en su casa le advirtieron: estudia o trabaja. Aunque su familia no tenía precariedades, tampoco nadaba en la abundancia, de modo que todos tenían que hacer algo.

“La verdad, yo tenía otros sueños, me gustaba la arquitectura, pero mi familia no tenía la forma de ponerme fuera de Pereira”, esa realidad lo conduciría por su primera experiencia laboral como metalmecánico en una empresa que fabricaba transformadores.

La UTP como opción empresarial.

“Transcurría el año de 1988 cuando varios de mis amigos del colegio me motivaron a entrar a la UTP, observamos las opciones y después tomé una decisión”.

De esta manera la Ingeniería Mecánica se convertiría en al camino de Alexander Galvez, una decisión más marcada por la cercanía y las oportunidades disponibles que por la inclinación inicial.

Hay que decir, como estudiante no fue un ratón de biblioteca, pero considera que era muy ordenado en el estudio, juicioso. No faltaron las distracciones, pero sabía que no podía perder el foco de su vida. Sin embargo, antes de terminar la carrera, apareció una oportunidad de ingresos económicos, para él y su familia, así que se aventuró con una empresa que ofertaba productos útiles a la industria y en ese propósito estaba vinculando estudiantes; ahí se enganchó unos meses.

Tiempo después terminó la carrera, en el año 1993. Y recorrió varias ciudades buscando opciones laborales, aunque su vínculo con la UTP no desaparecía. Un día volvió a hacer un curso de AutoCAD, que en esa época era una novedad como software para el dibujo. “No me lo podía perder porque era dejar a un lado la regla,

la escuadra, la punta fina y el papel. Significaba permitir la entrada de la tecnología a mis aprendizajes”. La parte computacional no era tan avanzada como hoy, pero habría caminos por el paso de lo análogo a lo digital.

Y así como ocurrió con el AutoCAD, vinieron otros cursos de software nuevos que se dictaban en diferentes instituciones, los hacía, porque eran herramientas que él consideraba darían frutos más adelante.

La llegada de la docencia a su vida

Fue Jairo Chica, un docente ya pensionado, quien entonces era el director del Departamento de Dibujo del Área de Ciencias Básicas, quien vio su interés por superarse y los consideró era una buena opción como docente, por lo tanto, le ofreció orientar unas clases. Entre varios méritos, le reconocían su habilidad con el Software de dibujo y la rigurosidad en el área. También conocían sobre su desempeño en el mundo laboral, todos estos fueron elementos para depositar la confianza en él.

Desde entonces está en el ejercicio docente. La enseñanza se convirtió en su lugar de permanencia, pero también en un espacio de crecimiento. Intentó proyectos por fuera de la academia, pero  siempre regresó a la UTP.

“Estaba como catedrático y unos compañeros de estudio me llamaron para que participara en un emprendimiento, el proyecto era halagador, hice una pausa en la docencia y emprendimos la carrera empresarial. Era una empresa de servicios para la construcción, un campo que estaba moviendo la economía en la región. Entregábamos en alquiler desde la más sencilla herramienta, pasando por una mezcladora, hasta una retroexcavadora”, fue un momento que aún le despierta nostalgias. Pero la recesión económica de 1997 los llevaría a la quiebra.

Reconoce que fueron muchos aprendizajes con la empresa, pero ya estaba desempleado. Una nueva charla con amigos del departamento de Dibujo lo regresó a los salones de clase de la UTP.

Al entender de manera definitiva que su espacio era la universidad, Alexander Galvez pensó que era momento de afianzar sus conocimientos, además porque la institución ya iniciaba también sus procesos de calidad y la formación postgraduada era un requisito para ser docente. No lo pensó dos veces y asumió como reto la Especialización en Instrumentación Física y la maestría en Sistemas Automáticos de Producción. Ya dotado con esos dos títulos se afianzó en el programa, como profesor transitorio en el departamento de Dibujo.

El entorno familiar

Alexander es un hombre reservado y guarda sus expresiones y sentimientos para su entorno más íntimo, aunque aquellos que él considera amigos gozan de su afecto, lealtad e incondicionalidad. Estuvo casado y hoy disfruta de su espacio familiar con su madre y sus dos hijos. Siempre viviendo en el barrio El Jardín.

Y desde allí recuerda:  “La UTP me lo ha dado todo”. No solo en lo profesional, también en lo personal: familia, oportunidades de estudio y un espacio para desarrollarse en múltiples dimensiones. Y hay más, su vida en la universidad no ha sido únicamente académica, también ha estado ligada al deporte, especialmente al voleibol y al fútbol, desde las que participó en representaciones institucionales en eventos de ASCUN, así hasta que una lesión lo alejó de la competencia.

Hoy, con la experiencia acumulada, su mirada sobre la docencia sigue centrada en lo esencial: el compromiso con la formación de los estudiantes. Reconoce los cambios en el tiempo, especialmente el impacto de las nuevas herramientas tecnológicas, pero insiste en la importancia del conocimiento sólido y aplicado. La llegada de laboratorios como el de Prototipado Rápido ha permitido acercar a los estudiantes a experiencias más reales, donde las ideas dejan el papel y se convierten en objetos tangibles.

Su historia de vida se resume entre la enseñanza, la investigación con semilleros, la vida familiar y los años dentro del campus, él lo sintetiza en una idea simple: la universidad ha sido su vida. Una vida que, más que contarse en años, se mide en generaciones de estudiantes, en aulas recorridas y en la transformación de un oficio que pasó del papel al código, sin perder su esencia. Treinta y dos años como docente y seis como estudiante, aunque la suma correcta son cuarenta y seis porque cuentan desde que estudiaba en el técnico