Hijo del lotero más elegante de la ciudad. Viene de una familia humilde pero bien relacionada. Quería estudiar medicina, pero encontró en la física la pasión de su vida, hizo un postgrado y la mayor parte de su tiempo fue docente administrativo. Su sencillez es tan grande como el amor por sus hijos. Ya disfrutando su etapa de jubilación sueña con viajar mucho al lado de su esposa y regresar al campus universitario, pero en modo de visita.




Venía de una familia humilde. Su padre era lotero; su madre, ama de casa. Cuatro hijos crecieron bajo el cuidado de unos padres que hicieron de la educación una apuesta de vida. Aún hoy, al recordar esos años, habla con admiración de aquel hombre que recorría las calles vendiendo lotería y que, contra toda lógica económica, logró sostener a sus hijos en uno de los colegios privados más reconocidos de Pereira.
Su padre era un personaje singular. Quienes lo conocieron recuerdan a un hombre elegante, siempre vestido de saco y pantalón clásico. “Era muy elegante”, dice Hugo entre sonrisas. Esa imagen contrastaba con las dificultades económicas que enfrentaba la familia, pero reflejaba una convicción profunda: la dignidad no dependía del dinero.
Gracias a las relaciones que había construido en la ciudad y al respeto que inspiraba entre personas de distintos sectores sociales, aquel lotero consiguió abrir puertas para sus hijos. Cada mes pagaba puntualmente las pensiones escolares con el producto de los “papelitos”, como él mismo llamaba a los billetes de lotería.
Sin embargo, estudiar rodeado de los hijos de médicos, abogados y empresarios, no siempre fue fácil.
“Era duro, difícil, por lo menos adaptarse uno a ese medio”, recuerda Hugo. Hubo momentos de discriminación y de incomodidad. Situaciones que un joven de origen humilde debía aprender a enfrentar en silencio. Su refugio fue el estudio. No era el mejor estudiante, pero casi siempre aparecía entre los diez primeros del curso. Ese desempeño académico le permitía sentirse valorado y, de alguna manera, equilibrar las diferencias sociales que percibía a su alrededor.
La UTP era un sueño
Ingresar a la universidad fue, como él mismo lo define, “un sueño hecho realidad”. Su aspiración inicial era estudiar Medicina. El programa apenas comenzaba en la Universidad Tecnológica de Pereira y él hizo todo lo posible para conseguir un cupo. Pero el puntaje no alcanzó.
La frustración pudo haber cambiado su historia. Eso fue un semestre después de graduarse del colegio cuando llegó a la universidad decidido a buscar esa alternativa, fue frustrante, pero allí apareció una figura que marcaría el rumbo de su vida: el doctor Hugo Forero quien, desde Registro y Control, le sugirió inscribirse en la Licenciatura en Física, un programa que por entonces tenía pocos aspirantes.
Hugo aceptó el consejo sin imaginar que estaba tomando una de las decisiones más importantes de su existencia. “Yo pensé que simplemente me había dado un buen consejo”, recuerda.





Esa misma tarde recibió la noticia de que había sido admitido. La llamada llegó a su casa y llenó de orgullo a toda la familia. Pero el entusiasmo inicial pronto se encontró con una realidad exigente. La física requería capacidades analíticas que él todavía no había desarrollado plenamente.
Durante el bachillerato había logrado buenos resultados memorizando procedimientos y ejercicios. La universidad le exigía algo distinto: comprender, razonar, construir respuestas, y tuvo que aprender.
Docente tempranero
La Licenciatura en Física y Matemáticas era reconocida por su rigor académico. Por sus aulas pasaron profesores como Alberto Gómez, Ricardo López, Carlos Holguín, el profesor Portilla, Carlos Mora y Gloria de Mora, entre otros docentes que contribuyeron a consolidar uno de los programas más exigentes de la universidad.
El filtro era implacable, de los 22 estudiantes que iniciaron la carrera, apenas cuatro o cinco llegaron al grado. “En cuarto o quinto semestre ya no éramos sino cuatro”, recuerda.
A la dificultad académica se sumó otra realidad: la necesidad de trabajar. Desde el segundo año comenzó a desempeñarse en el magisterio. Las jornadas se extendían hasta límites que hoy parecen imposibles. Muchas noches no dormía.
Estudiaba hasta el amanecer, asistía a sus responsabilidades laborales y luego regresaba a la universidad. Así transcurrieron varios años de su juventud. Aquellas madrugadas forjaron no solo al profesional, sino también al hombre disciplinado que después asumiría responsabilidades académicas y administrativas dentro de la institución.
La física aplicada a la vida
Al terminar la licenciatura ingresó a la Maestría en Instrumentación Física. La física teórica era una posibilidad, pero las circunstancias académicas del momento orientaron su camino hacia la instrumentación, un campo que le permitió combinar el conocimiento científico con aplicaciones tecnológicas concretas.
Allí aprendió electrónica, diseño de circuitos y programación de los primeros microprocesadores que llegaron al país.
Eran los tiempos del Z80, cuando programar significaba trabajar directamente con códigos, letras y números que dialogaban con las máquinas. La tecnología todavía era un territorio para pioneros. Y Hugo estaba allí.
Entre colegios, universidades y CEKIT su vida profesional fue tan intensa como su etapa estudiantil. Trabajó simultáneamente en colegios, universidades y empresa privada.
Por las mañanas enseñaba en el Colegio Juvenal Cano Moreno. En las tardes continuaba su labor docente en el Instituto Uribe. También dictaba clases en la Universidad del Quindío y posteriormente en la Universidad Tecnológica de Pereira.
Paralelamente desarrolló una larga relación con CEKIT, una reconocida empresa editorial dedicada a la enseñanza de la electrónica. Allí escribió materiales de formación, manuales para docentes y artículos especializados. Creó incluso una sección denominada La física de la luz y el sonido.
Más adelante se convirtió en asesor técnico de la organización, visitando instituciones educativas para explicar el funcionamiento de equipos y recursos tecnológicos. Durante años sus jornadas comenzaban antes de las seis de la mañana y terminaban cerca de las nueve de la noche. Era profesor, escritor, asesor técnico, investigador y padre de familia al mismo tiempo.
El concurso anhelado
La vinculación definitiva a la Universidad Tecnológica de Pereira no llegó de inmediato. Participó en varios concursos docentes. Dos veces quedó por fuera. La tercera fue la vencida. Y en esa historia aparece otro nombre que él menciona con gratitud: Hoover Orozco, él fue quien lo animó a intentarlo nuevamente cuando ya no tenía mucho entusiasmo para hacerlo.
Incluso se ofreció a ayudarle con algunos trámites que debía realizar fuera de la ciudad, los certificados de estudio en Medellín. “Me dio pena con él y me tocó ponerme a estudiar”, cuenta entre risas. Ese esfuerzo tuvo recompensa. Ganó el concurso y se convirtió en profesor de tiempo completo. Para Hugo, ese sigue siendo uno de los momentos más felices de toda su trayectoria universitaria.
Del aula a procesos institucionales
Aunque llegó para enseñar física y electrónica digital, el destino le reservaba otras responsabilidades. Muy pronto asumió la dirección de grupos de investigación, la coordinación de publicaciones científicas y diversos cargos académicos.
Con el respaldo de profesores como William Ardila Urueña y el aprendizaje obtenido junto a maestros como Segundo Lara, comenzó a participar activamente en la construcción institucional de la facultad.
Fue director del Grupo de Investigación DICOPED; dirigió la revista Scientia et Technica; fue director del Programa de Ingeniería Física y posteriormente decano de la Facultad de Ciencias Básicas. A medida que crecían las responsabilidades administrativas disminuían las horas de clase. Sin embargo, nunca perdió el vínculo con la docencia ni con la formación de estudiantes.
El doctorado que tomó años construir
Si tuviera que escoger uno de los logros más significativos de su vida universitaria, Hugo no duda en mencionar la creación del Doctorado en Ciencias. Fue un proyecto que tomó años de trabajo: reuniones interminables, gestiones institucionales, acuerdos interuniversitarios, conversaciones con rectores, decanos y directivos. La iniciativa terminó consolidándose junto con la Universidad de Caldas y la Universidad del Quindío.
“Fue un doctorado muy luchado”, resume.
También recuerda con satisfacción la acreditación de programas de posgrado, la creación de nuevas maestrías y la categorización de la revista Scientia et Technica. Procesos que coincidieron con una transformación profunda de la universidad.
Cuando ingresó como estudiante, la Universidad Tecnológica de Pereira apenas superaba los dos mil estudiantes y cuando ocupó la decanatura, la institución había multiplicado varias veces esa cifra. Los procesos de acreditación comenzaron a marcar el rumbo institucional y la calidad se convirtió en una meta colectiva. “Fue un cambio importante”, afirma.
La universidad que conoció en su juventud ya no era la misma: Creció físicamente, con nuevos edificios, más laboratorios y aparecieron las salas de sistemas ampliando su oferta de programas. Se fortaleció académicamente, con ajustes curriculares y planes de estudio. Y consolidó una cultura investigativa cada vez más robusta y aparecen en primer orden los programas de postgrado.
Hugo tuvo el privilegio de presenciar esa transformación desde distintos lugares: estudiante, docente, investigador, director y decano.
La UTP ha sido todo
Cuando se le pregunta qué le ha dado la Universidad Tecnológica de Pereira, la respuesta surge inmediata: “Me lo ha dado todo. Y todo es todo”, enfatiza.
La palabra no parece exagerada. La universidad le dio formación profesional, estabilidad laboral, construir una carrera académica, le brindó oportunidades de crecimiento personal. Sus hijos estudiaron su pregrado y maestría allí. Sus proyectos de investigación nacieron allí. Sus principales logros profesionales están ligados a ella.
Incluso alcanzó una de las metas que más valora: convertirse en investigador senior. Por eso, cuando habla de la institución, la describe como una parte esencial de su vida.
La nostalgia de volver
Hoy, ya jubilado, continúa visitando la universidad y cada recorrido por los pasillos le trae recuerdos; hay nostalgia, pero también gratitud. A veces debe disponer de varias horas para atravesar el campus porque siempre encuentra alguien que quiere saludarlo, conversar o recordar alguna anécdota compartida, y eso lo emociona. “No tuve problemas con nadie”, dice con serenidad.
Habla de afectos, de cercanía y de relaciones construidas durante décadas. Recuerda que, incluso en los momentos más complejos de la administración universitaria, siempre encontró disposición para dialogar y conciliar.
Por eso regresar sigue siendo una experiencia especial, la universidad continúa siendo un lugar familiar, un territorio habitado por afectos, una casa. Mientras planea viajar junto a su esposa y disfrutar una jubilación tranquila, Hugo Armando Gallego observa con satisfacción el camino recorrido.
El muchacho que soñaba con ingresar a la universidad terminó dedicándole buena parte de su existencia. Y quizá por eso, cuando intenta resumir lo que significa la Universidad Tecnológica de Pereira en su historia personal, no necesita construir grandes discursos y le basta repetir una sola palabra: “Todo”.








