Hay historias que empiezan en conversaciones con comunidades y en preguntas que incomodan: ¿por qué la educación rural no siempre dialoga con el territorio que la rodea?
Desde esa inquietud nació uno de los proyectos que hoy está marcando una diferencia en la educación rural del Eje Cafetero. Se trata de una iniciativa liderada por Claudia Viviana Hurtado Loaiza, candidata a Doctora en Ciencias Ambientales de la Universidad Tecnológica de Pereira, que encontró en el corregimiento de Altagracia un punto de partida para repensar la educación desde sus raíces.






El proyecto, titulado “Procesos educativos rurales y conocimiento local en el territorio”, se desarrolló en Altagracia, zona rural de Pereira y con especial énfasis en la Institución Educativa Gonzalo Mejía Echeverry, un escenario que reúne siete sedes rurales y múltiples realidades. Allí, más que intervenir, la investigación buscó escuchar, reconocer y reconstruir.
“Empezamos a identificar vacíos, brechas y, sobre todo, una desconexión entre la educación rural y los conocimientos propios del territorio”, explica Claudia Viviana Hurtado Loaiza.
Educación que se conecta con la vida





Durante años, la educación rural ha enfrentado el reto de adaptarse a contextos diversos sin perder su esencia. Sin embargo, en muchos casos, los currículos han respondido a lógicas urbanas que poco dialogan con la realidad del campo.
Fue precisamente esa tensión la que impulsó el desarrollo del proyecto: reconectar la educación con el territorio, con sus saberes, con su gente.
A través de un proceso de investigación–acción–participación, el proyecto logró algo poco común: transformar la educación desde adentro. Docentes, estudiantes, familias y organizaciones locales hicieron parte de una construcción colectiva que permitió dar inicio y fundamento a la resignificación del Proyecto Educativo Institucional (PEI).
“No se trató de traer una propuesta externa, sino de construirla con quienes viven la educación todos los días”, afirma Claudia Viviana.
Del diagnóstico a la transformación



El proceso inició con una caracterización profunda de las dinámicas educativas, tanto formales como no formales. Luego vinieron las pruebas piloto: cinco experiencias desarrolladas en distintas sedes que demostraron que sí es posible articular la educación con el contexto rural.
El resultado fue una transformación estructural. La comunidad educativa decidió orientar su formación hacia la agroecología, un enfoque que integra lo ambiental, lo social y lo cultural. “Se logró generar una educación ambiental transformadora que conecta dimensiones biofísicas, socioeconómicas, sociopolíticas e histórico-culturales”, explica.
Este cambio no solo impacta los contenidos académicos, sino también la manera en que los estudiantes entienden su territorio y su papel en él.
Innovación que nace desde el territorio
Uno de los aspectos más innovadores del proyecto es que no se quedó en la teoría. Cada decisión estuvo respaldada por experiencias reales, validadas en el territorio y construidas colectivamente.
Además, logró algo clave: activar redes. La articulación entre la universidad, la institución educativa y organizaciones locales permitió fortalecer procesos educativos y abrir nuevas oportunidades para estudiantes y docentes. “Se reactivó la educación rural, se le devolvió sentido y coherencia con lo que realmente es el territorio”, señala Hurtado Loaiza.
Más allá del aula: un impacto que trasciende
El proyecto no termina con la investigación. Hoy continúa a través de nuevas iniciativas: formación docente, sistematización de experiencias, fortalecimiento de centros de interés y nuevas investigaciones que profundizan en la memoria y la historia de la educación rural.
Huertas escolares, jardines de polinizadores, escuelas audiovisual agroecológica y espacios de aprendizaje vivo hacen parte de esta transformación que ya empieza a replicarse.
Pero, sobre todo, deja una lección clara, el Doctorado en ciencias ambientales de la Universidad Tecnológica de Pereira no solo forman profesionales, forman agentes de cambio capaces de transformar realidades y con capacidad de articular diversos actores de la localidad y de la propia universidad.
Este proyecto es una muestra concreta del impacto que tienen los posgrados cuando se conectan con las necesidades del entorno. Desde el Doctorado en Ciencias Ambientales, se están gestando soluciones reales para problemáticas complejas, como la educación rural.
Porque estudiar un posgrado no es solo avanzar en la formación académica, es tener las herramientas para intervenir el mundo con sentido.
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