Nacido en un pueblo enclavado en las montañas del Valle del Cauca. Creció en Pereira porque sus padres huyeron de la “chusma” .Y como muchos niños de la época ayudaba con el rebusque para solventar lo básico para vivir. Estudió en lo público: Escuela, Colegio y Universidad. La UTP le cambió su vida.






A Hoover Orozco Gallego y a sus dos hermanos, sus padres los trajeron a Pereira siendo apenas unos niños, desplazados por la violencia. Él encontró en la educación un camino para transformar su historia. En las aulas de la Universidad Tecnológica de Pereira se formó como licenciado, se convirtió en docente y, con los años, hizo una maestría. Hoy es uno de los referentes del Departamento de Física, y con más de cuatro décadas de vínculo con la institución, sigue enseñando con la misma pasión con la que aprendió.
Un origen marcado por el desplazamiento
Hoover recuerda su llegada a Pereira como una escena que nunca se borra. Tenía apenas cinco años cuando, en 1960, su familia tuvo que abandonar su hogar en Versalles, Valle del Cauca, en medio de la violencia. “Nos quemaron la casa y salimos en la madrugada con lo poco que rescatamos”, recuerda con dolor. El destino los llevó a una casa grande en el centro de la ciudad de Pereira. Su padre se ganó la confianza de los dueños del inmueble y encontró la oportunidad de empezar de nuevo administrando habitaciones.
Allí comenzó su vida escolar, entre la Escuela Olaya Herrera y el colegio Juvenal Cano Moreno, donde hizo parte de la primera promoción en 1976. Fue una juventud marcada por la disciplina familiar y la responsabilidad temprana. “A las siete de la noche había que estar en la casa. Eso lo forma a uno”, recuerda.
Aprender trabajando
La necesidad lo llevó pronto a las calles. Vendió empanadas, pandebonos y mantequilla en talleres, barrios y hasta en el estadio Alberto Mora Mora. Más adelante trabajó en construcción y se formó en el SENA como técnico en mantenimiento de máquinas de coser. Ese aprendizaje le abrió la puerta a su primer empleo formal en una ensambladora, donde pasó seis años armando y reparando máquinas mientras, al mismo tiempo, daba su primer gran paso académico.
“Yo sabía que no podía quedarme ahí. Había que seguir estudiando”, dice. La medicina fue su primer sueño, pero las circunstancias lo llevaron a elegir la licenciatura en Física y Matemáticas en la UTP. Y fue allí donde encontró su verdadera vocación. “La medicina fue mi sueño desde niño, pero a la hora de ingresar a la universidad tenía que trabajar y ese fue el impedimento porque debía estudiar en la noche para trabajar en el día. Ahí encontré la física y no me arrepiento. La física está en el día a día de la humanidad y entender sus impactos y posibilidades es emocionante”.
La universidad como destino
Se graduó en 1983 y casi de inmediato inició una maestría en Instrumentación Electrónica en convenio con la Universidad de Antioquia. Al mismo tiempo, comenzó a dar clases por horas en la UTP, sin romper nunca el lazo con la institución que lo había formado. Durante 17 años fue profesor catedrático, hasta que en 2004 ganó por concurso su plaza como docente de planta.


Desde entonces ha visto crecer a la universidad. “Antes éramos no más de mil quinientos o dos mil estudiantes. Hoy superamos los 18 mil. El desarrollo físico ha sido fundamental especialmente en los últimos tiempos, pero sobre todo el crecimiento académico y en investigaciones”, afirma con orgullo y destaca la oferta en programas de maestría, doctorado y los procesos de acreditación que ha acompañado como docente, director de departamento y decano.
Hoover como docente
En el aula, Hoover se define como cercano y exigente a la vez. Su sello es llevar la física a la vida cotidiana. No empieza con fórmulas, sino con ejemplos: cepillarse los dientes, patear un balón, lavar los platos. “La física se vive, se siente, se mueve con uno”, explica.
Para él, enseñar no es solo evaluar. Es entender las capacidades de cada estudiante y ayudarle a avanzar desde lo que sabe hacer: escribir, dibujar, construir, programar. “Yo no puedo ser una talanquera en el camino del muchacho”, afirma con convicción.
Los momentos que lo marcan
Entre los recuerdos que más atesora están el nacimiento de su primera hija, su matrimonio y, sobre todo, cada semestre en el que ve a sus estudiantes avanzar. “Cuando logran pasar una materia y seguir con su carrera, eso es felicidad pura”, dice.
A sus 70 años, no piensa en retirarse. “Todavía tengo alientos, todavía tengo ganas. Me gusta este cuento y me gusta seguir enseñando”, comenta entre risas, mientras habla de su trabajo con vectores y programación como si fuera su primer día de clase.
Una vida de compromiso
Su rutina sigue siendo la misma: llegar temprano y quedarse hasta que el día termina. “Este es mi espacio natural, es mi casa, mi espacio productivo”, dice.
La UTP no solo le dio una carrera, también una familia. Allí conoció a su primera esposa, con quien compartió 37 años de vida y formó dos hijas, hoy profesionales. Tras su fallecimiento en 2017, encontró de nuevo el amor y volvió a construir un proyecto de vida al lado de su actual esposa.
“Todo lo que soy se lo debo a esta universidad”, repite. Y lo demuestra cada vez que se queda los fines de semana trabajando en procesos académicos o apoyando acreditaciones. Para él, la docencia es una forma de retribuir lo que recibió.
Mirar hacia adelante
Su sueño es simple y profundo: seguir aportando a una universidad más humana, más consciente de las realidades de sus estudiantes y más conectada con la sociedad. “La educación transforma vidas. La mía la transformó”, dice con la tranquilidad de quien ha recorrido su camino con sentido.
Y así, entre ecuaciones, anécdotas y puertas abiertas, Hoover Orozco Gallego continúa dejando huella en la UTP: la de un profesor que aprendió a leer la física en los libros, pero sobre todo en la vida.








