Intervención del Rector de la Universidad Tecnológica de Pereira, Ing. Luis Enrique Arango Jiménez en la Presentación del Libro "Relatos de Asombro" del escritor Ricardo Mejía Isaza.



Presentación del Libro Relatos de Asombro

Pereira, 13 de Octubre de 2005

Cuando mi compañero Rotario Ricardo Mejía Isaza me pidió que presentara su libro relatos de asombro, confieso que me dio una gran satisfacción, no solo por el gran honor que me dispensaba al escogerme para esta grata tarea, pues sé la importancia que para él representa su creación literaria, sino porque me daba la oportunidad de iniciar un trabajo que creo fundamental para nuestra identidad; escribir la historia de los que han hecho la historia de nuestra ciudad y nuestra región; y no de cualquier manera, la han hecho a través de vidas ejemplares con lecciones de vida que tanta falta nos están haciendo, ahora que la facilidad y la falta de principios se han vuelto los referentes más recurridos por nuestros congéneres.

Siempre reclamamos la pérdida de valores; pues valores son los que tienen y tuvieron todos estos veteranos del sabio vivir de quien tanto tenemos que aprender.

Ricardo Mejía Isaza es una de esas personas de personalidad cautivante; su vida misma es una caja de sorpresas; su vitalidad y compromiso con la vida y la sociedad son de verdadero asombro.

Hice levantar una reseña sobre su vida, por una aventajada estudiante de la Universidad apasionada por la historia y quien comparte conmigo el deleite intelectual de conocer de cerca la parábola vital de estos personajes mayores que nos evocan las raíces de donde venimos y que nos provocan momentos de ensoñación.

De esa reseña que se apoya en largas entrevistas con el autor, he bebido algunos datos biográficos que me permiten elaborar esta somera síntesis de su vida:

Ricardo nació el 26 de agosto del año 1.918 en La Ceja-Antioquia. Fue el menor de nueve hermanos y el segundo que decidió continuar la tradición galena de su padre, de sus tíos y de su abuelo. A su padre, Luciano Mejía, lo recuerda entre lecturas y conversaciones sobre su oficio de médico, “era un hombre muy leído, muy estudioso, tenía un gran amigo, un primo hermano que era odontólogo, con él se encontraba todos los días a las cinco y media de la tarde, se iban para mi casa, charlaban y conversaban sobre temas pasados y viejos, charlaban y conversaban hasta las siete de la noche, hora a la que ese doctor se despedía y se iba para su casa, mi papá se quedaba y entonces venía el rezo del rosario y la cena familiar”.

A su madre, Dolores Isaza, la evoca como una mujer cariñosa y dulce, consagrada a los oficios del hogar, una pianista aficionada que desde muy niño le cultivó el gusto por las artes y la literatura: “Le gustaba el piano, le gustaba mucho leer, especialmente poesías y obras de teatro, leía mucho y nos leía a nosotros, pues yo era el menor de todos. Siempre nos leía obras de teatro y nos leía poemas o poseías, sabía muchas de memoria y otras las consultaba en los libros, tenía una gran memoria”.

De niño a Ricardo le gustaba coleccionar hachitas de piedra y cositas de los indios que se encontraban en las excavaciones que se hacían arando tierras, en la finca de descanso de su familia en La Ceja. Su primera infancia transcurrió en Medellín, luego, a raíz de la depresión del año 1.929, sus padres tuvieron que trasladarse a Fresno-Tolima para atender una hacienda panelera que era de su propiedad.

En Fresno, Ricardo terminó la escuela primaria, su rendimiento escolar era bueno y las relaciones con su familia marchaban bien, excepto con un hermano mayor que había enviudado recientemente y que por esta razón se encontraba viviendo en su casa. “Él estaba muy atormentado por ese problema, entonces bebía con frecuencia y me trataba muy mal, me trataba muy duro, me zamarriaba mucho y me golpeaba..... No pude entenderme con él y decidí marcharme de la casa”.

Tal como la noche del sábado en que José Arcadio se amarró un trapo rojo en la cabeza y se fue con los gitanos en “Cien Años de Soledad”, o más bien, como la madrugada en que el protagonista del cuento “La Última Noche de su Vida” esperó a que la exótica comitiva de gitanos desmantelara las toldas y emprendiese la marcha para seguirla en silencio, Ricardo a la edad de 9 años se fugó de su casa con un grupo de gitanos que días atrás habían llegado a la población de Fresno. “Me fui con unos gitanos a recorrer el mundo y estuve con esos gitanos hasta la edad de 15 años”.

Durante los 6 años en que vivió con los gitanos, Ricardo no fue a la escuela, pero con ellos aprendió de la vida, aprendió a inyectar, a curar y a coser animales. “Entre ellos hay gente muy preparada, ellos no son las personas ladronas que la gente piensa habitualmente, entre su modo de ser ellos son honrados. Para mí fue muy agradable, me gustaba montar a caballo, me gustaba negociar con ellos, nos íbamos negociando, se iba uno comprando y vendiendo bestias. En el tiempo que estuve con ellos se domaban caballos, se domaban muletos, se iban amansando los animales para poderlos vender, se compraban potros salvajes y se amansaban durante la estadía con ellos, después se vendían”.

Ricardo fue acogido por la Gran Madre o gitana madre, rápidamente se ganó la confianza del grupo, aceptó sus costumbres y aprendió su lengua, el Caló; también, se enteró que al igual que él, en la caravana gitana vivían varias personas que hablaban Caló pero que no eran de raza gitana. Así, con su nueva familia, Ricardo comenzó una travesía a caballo por todo el país, del Tolima pasó al departamento de Caldas, estuvo en Manizales, Salamina, Pensilvania y posteriormente pasó por los departamentos del Huila y Caquetá. Estuvo en la sabana de Bogotá y después pasó a Boyacá, siempre con los gitanos. Así, montado en un caballo, atravesando semana tras semana las ferias y las fiestas de los pueblos para vender sus caballos y escuchando a las gitanas adivinar la suerte, pudo conocer todo el país.

En esos seis años de vida nómada Ricardo no volvió a tener contacto con su verdadera familia, no obstante, la Gran Madre gitana mantenía comunicación telefónica con sus padres para informarles sobre su situación. “Les decía por donde íbamos y que yo iba bien”.

Ricardo reconoce que el cuento “La Última Noche de su Vida” es un relato autobiográfico en cuanto narra sus razones para abandonar el campamento gitano, “allí se habla que estaba enamorado de un caballito que ellos resolvieron vender, entonces a mí eso me despechó... sí fue verdad, esa parte es cierta... y los amores con la gitanita también eran verdad”.

Enterado que su familia había vuelto a vivir a Medellín, Ricardo emprendió el retorno a casa. Al llegar a su antiguo hogar fue muy bien recibido por su madre que lo esperaba con los brazos abiertos y donde su padre con una pequeña entrevista lo puso a pensar acerca de su futuro, momento en el cual Ricardo decidió comenzar sus estudios. Así, en respeto a su palabra, tal como aprendió de los gitanos y como le enseñaron sus padres, Ricardo se dedicó a estudiar disciplinadamente no sólo hasta que terminó los estudios universitarios, sino por el resto de su vida.

Inicialmente fue encaminado por sus padres a asistir a un colegio religioso en Ibagué, porque confiesa que de niño un hermano que fue sacerdote lo tentó a seguir sus pasos, pero la ideas y los ideales de Ricardo habían cambiado. En el Seminario Conciliar de Ibagué estudió los dos primeros años de bachillerato, allí aprendió latín y griego, pero también descubrió que no tenía condiciones para entregar su vida al sacerdocio. Ricardo luego de dos años de estudio y concluyendo que ya no servía para esa vida, decidió regresar de nuevo a Medellín con su familia, decepcionado de la vida religiosa después de realizar un trabajo sobre la historia de las religiones. “Estudiando esas diferentes religiones, vi que todas eran prácticamente lo mismo, todas estaban dedicadas a creer en un ser espiritual, superior, inmortal, pero en todas, los líderes de esas escuelas religiosas, vivían a costa de ellas explotando la religión a su manera, tanto los Romanos como los Griegos, los Etruscos, los Babilónicos y los Egipcios. Seguía practicando las creencias religiosas de la familia, porque era con lo cual yo había nacido, pero el estudio de todas esas religiones me desengañó. Ya no quise ser cura”.

De regreso a Medellín ingresó al colegio de la Universidad Católica Bolivariana, hoy Pontificia Bolivariana, donde concluyó sus estudios de bachillerato clásico. Ricardo no era muy bueno para las matemáticas pero sí para los idiomas, en los cuales adquiría cada vez mayor dominio a causa de un noviazgo con una hija de unos pastores protestantes del Canadá, recién llegados a Medellín, que no hablaban español situación que le exigía constantemente estar practicando el inglés.

A la par con su estudio, Ricardo entró a colaborar con el periódico del colegio, en el cual escribió artículos sobre diferentes temas y algunos relatos. De esta manera, durante el bachillerato, Ricardo terminó desarrollando un interés por la literatura y los idiomas que tiempo después contribuirían a la realización de sus propósitos de vida.

Terminado el colegio decidió estudiar medicina, no sólo por tradición heredada de su padre y sus tíos, sino por la experiencia directa vivida con los gitanos donde suturó heridas y puso inyecciones de cianuro de potasio a los animales para mantenerles el pelo brillante.
Al presentarse a exámenes de ingreso en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, donde sólo escogían a 60 estudiantes, ocupó el segundo puesto entre 1.200 aspirantes.

En sus estudios de medicina las nociones de griego y latín que había aprendido en el Seminario Conciliar le fueron de gran utilidad, como también lo fue su buen dominio del idioma inglés, el cual permitió que lo nombraran ayudante de un cirujano norteamericano, que llegó a dictar algunas cátedras al pabellón de tuberculosos del “Hospital Sanatorio La María”, donde Ricardo hacía su internado.

Después de terminar el internado y con las puertas abiertas en Estados Unidos, gracias al buen trabajo realizado con el cirujano norteamericano, Ricardo presentó y aprobó el Consil, examen de la época y viajó en 1.949 a los Estados Unidos donde por dos años trabajó en cirugía con el mismo médico mientras realizaba sus estudios de especialización en radiología.

Llegó a la Universidad Olive View Hospital en Los Ángeles-California con el ánimo de especializarse en cirugía, pero debido a la rivalidad que allí existía entre algunos médicos judíos aspirantes a cirujanos, Ricardo decidió ingresar a radiología, la cual era una especialidad menos competida.

A su regreso a Colombia Ricardo tenía ya 30 años y aspiraba a radicarse definitivamente en Medellín, sin embargo, tenía que concluir sus estudios de pregrado en medicina ya que su viaje a los Estados Unidos no le había permitido realizar los exámenes preparatorios, la medicatura rural y la tesis rural, por lo cual tuvo que viajar a Montería a realizar la medicatura rural.

Mientras realizaba la medicatura rural en el Dispensario Antituberculoso de Montería, Ricardo viajaba periódicamente a Medellín a presentar los exámenes preparatorios. Con los exámenes preparatorios presentados, el Ministro de Salud de la época le solicitó que viajara a Pereira a reemplazar durante dos o tres meses al radiólogo que dirigía el Dispensario Antituberculoso de la ciudad.

Arribó por primera vez a Pereira en Julio del año 1.951. Por esa época, Pereira tenía aproximadamente 60 mil habitantes en su zona urbana, la llamaban “la ciudad de las 60 mil sonrisas”, el sector cafetero estaba en ascenso y la ciudad gozaba de uno de los mejores ingresos per cápita del país. A Pereira llegaban cada día oleadas de desplazados de la violencia bipartidista que desangraba al país en esa época, los cuales encontraban en esta ciudad oportunidades de empleo y la posibilidad de vincular sus oficios y sus pequeños capitales a una industria local en crecimiento.

Esta era la Pereira que recibió al médico Ricardo Mejía Isaza. Una ciudad aún pequeña, “con tranvía y vino tinto”, una ciudad amable, abierta y tolerante. La ciudad que para ese momento necesitaba hacer empresa y fortalecer el ímpetu independiente, que años después la llevó a separarse del departamento de Caldas. Allí, llegó a trabajar Ricardo Mejía Isaza, al lado de Jorge Roa Martínez, de Guillermo Ángel Ramírez, de Jorge Campo Posada, de Luis Carlos Gonzáles y otros tantos rotarios que con liderazgo y empeño aportaron al desarrollo de la ciudad.

En el Dispensario Antituberculoso Ricardo llegó a encargarse de las radiografías de los tuberculosos y de los tratamientos. Por aquella época la tuberculosis estaba muy extendida en la población. El tratamiento consistía en una serie de inyecciones en la cavidad pulmonar, llamadas neumotórax, reposo, nutrición y otras cuantas medidas preventivas, pero no existían los antibióticos que se usan hoy día para curar la tuberculosis. Una vez en Pereira Ricardo pudo elaborar la tesis y finalmente logró obtener el título de médico.

Él era uno de los tres radiólogos que atendían en Pereira y de los pocos con experiencia en vías respiratorias, así que el trabajo era arduo. Muy pronto ingresó al Seguro Social de la ciudad para hacerse cargo del Departamento de Neumología, también por esos días se encontró con un pariente que le habló del rotarismo y lo invitó a hacerse socio del Club Rotario.

A su ingreso al Club Rotario no fueron pocos los retos que encontró: la creación de la Universidad Tecnológica, las campañas a favor de los niños pobres a través de la “Semana del Niño”, la construcción de colegios y escuelas, la construcción de parques con atracciones infantiles, el otorgamiento de subvenciones a estudiantes pobres, los convites para algunas obras de la ciudad como por ejemplo la concha acústica del Zoológico Matecaña. Estas, fueron algunas de las actividades que Ricardo entró a secundar en el Club Rotario.

Rápidamente Ricardo se adaptó a la vida en Pereira, él había llegado a trabajar intensamente: Trabajaba con la campaña antituberculosa cuatro horas diarias, con el seguro social seis horas diarias y atendía su consultorio tres o cuatro horas diarias. Su trabajo de más de doce horas diarias compartido con sus participaciones en el Club Rotario, con los amigos médicos y con las reuniones del Hospital San Jorge, no sólo imposibilitaba su aburrimiento sino que le permitía mantenerse al día en las cosas que se referían a la medicina fuera de su especialidad.

Un día cualquiera cuando Ricardo se encontraba disfrutando de unas largas vacaciones de su extenuante trabajo como médico, llegó a Pereira una misión de arqueólogos británicos que pretendían estudiar el Valle del Río Calima; su infantil afición de coleccionista de piezas indígenas renació en ese momento cuando pudo compartir con los arqueólogos haciendo excavaciones donde encontraron muchas piezas de cultura tumbaga de Calima y piezas de barro y de piedra que comenzó a recolectar y coleccionar. Las vacaciones terminaron y durante casi tres años Ricardo viajó los fines de semana en compañía de una cuadrilla de obreros para realizar excavaciones en el sitio donde hoy se ubica la represa “Lago Calima”. Allí recolectó centenares de piezas cerámicas y orfebres que conforman el grueso de la colección privada que conserva en su casa.

La afición por la arqueología continuó y la colección se fue nutriendo con materiales recogidos en excavaciones y compras que Ricardo realizaba en sus viajes por el país y por el mundo. Más tarde, comprando piezas a los guaqueros hizo un museo arqueológico en su casa, que no negocia y que por el contrario lo ha estimulado a estudiar mucho sobre arqueología.

Por esa época los Clubes Sociales de Pereira eran sumamente animados, todavía no se había popularizado el televisor ni las discotecas y los Clubes Sociales eran el centro de la vida social. Ricardo pertenecía al Club Rialto, allí asistía en sus pocos ratos libres para compartir con una serie de industriales, comerciantes y personas de diferentes profesiones que optaban por la tertulia como alternativa para pasar un rato ameno. “Yo recuerdo pues con mucho agrado esas noches en el Club Rialto porque habían grandes conversadores, personas de la ciudad, gerentes de bancos y otras personas que se reunían a charlar sobre temas diferentes y hacían muy amenas las reuniones; se aprendía muchísimo sobre cosas que no se referían a la medicina, sino al comercio, a la bolsa de valores, a la industria que se estaba creando, a las fincas, a las propiedades que se vendían en ese entonces. Era una charla permanente sobre temas distintos y se hacían muy agradables las reuniones... Estas reuniones se terminaron hace poco, por deceso de los fundadores y porque la gente joven ya no quiere asistir a los Clubes, ya prefieren ir a otros sitios”, afirma Ricardo.

Así, entre el ejercicio médico, las actividades del Club Rotario, su afición por la arqueología y una que otra tertulia nocturna, transcurrieron cerca de doce años en la vida de don Ricardo.

Cierto día visitando a uno de sus pacientes conoció a una dama de origen libanés llamada Ivette Rahal que vivía en Cali, pero que por esos días se encontraba de visita. Desde ese día, las visitas al enfermo de la familia Rahal se hicieron más frecuentes. Era navidad e Ivette viajó por esa época a Barranquilla a acompañar a la Reina del Deporte del momento, quien iba a presenciar el primer partido del Deportivo Pereira con jugadores extranjeros. Aquella Reina del Deporte, quien coincidencialmente era la novia de Ricardo, en Barranquilla le contó a Ivette que ya no quería continuar su noviazgo con Ricardo.

De vuelta a Pereira, en una novena navideña en el Club del Comercio, Ricardo rompió con su novia y le propuso matrimonio a Ivette. Tuvieron un noviazgo no muy largo, de un año aproximadamente. Se casaron en la Catedral de Nuestra Señora de La Pobreza un 26 de noviembre de 1.960 a las 7 de la noche, siendo éste el primer matrimonio nocturno que se realizó en Pereira.

Para Ricardo, doña Ivette “es una dama, como todas las damas de Pereira, ella es muy religiosa, muy dedicada a sus estudios en arte precolombino y cosas de cerámica y de artes plásticas, muy dedicada también a manejar el hogar y educar la familia, porque educó también muy bien los hijos. Nos hemos entendido bien, sin dificultades afortunadamente, sin divorcios y sin separaciones, que son tan comunes hoy”.

Unos años pasaron antes de que el matrimonio Mejía Rahal tuviera hijos ya que los 42 años de Ricardo y su duda sobre la duración del matrimonio originaron un pacto de no tener hijos hasta esperar el buen funcionamiento de la relación. Este pacto concluyó exitosamente permitiendo el nacimiento de dos hijos Ricardo y Santiago. Ricardo, el hijo mayor, se graduó de medicina en la Universidad de Caldas y al terminar el internado viajó a los Estados Unidos, donde se desempeña desde esa época como medico a bordo de un crucero. Santiago estudió Administración de Empresas en la Universidad Católica Popular de Risaralda y actualmente vive en Pereira. Ricardo todavía está soltero, Santiago se casó hace dos años, pero ninguno de los dos tiene hijos.

Cuando don Ricardo cumplió 60 años de vida decidió dejar el tratamiento de pacientes con problemas de vías respiratorias en el Departamento de Neumología del Seguro Social y dedicarse solamente a la radiología, no porque ésta le gustara más sino porque su edad no le permitía levantarse a media noche a atender pacientes asmáticos, con heridas en el tórax u otras enfermedades. Ya estaba con la edad suficiente para comenzar a tomar las cosas con más serenidad.

Y así, tomando la vida con un poco más de calma, un día le solicitaron que escribiera un relato para la revista del Club Rotario con motivo de la semana de la niñez. Empezó a escribir cuentos, relatos de cuentos y novelas cortas donde presentó uno de sus cuentos para un concurso de Risaralda Cultural en el que ganó un premio. Luego, presentó una serie de cuentos para un libro que fue editado por Risaralda Cultural donde Manuel Mejía Vallejo, escritor paisa y Julio Sánchez, escritor pereirano, participaron como jurados. Ellos aprobaron el libro de cuentos con un primer ejemplar titulado “Trece Cuentos”. De esa manera siguió escribiendo en otras revistas sobre otros temas y recientemente publicó su más reciente libro llamado “Relatos de Asombro”.

Nunca le gustó escribir poesía, tampoco novelas, prefirió escribir cuentos. Los cuentos le dieron la posibilidad de fabular, de hilvanar ideas, de conjurar anécdotas, de criticar las costumbres sociales, de entregarle una cuota de imaginación a una sociedad cada día más caótica. Algunos de estos relatos eran un poco autobiográficos sobre las relaciones con sus pacientes, datos curiosos que había tenido con ellos, con personas, con familias con problemas o con enfermedades y relatos relacionados con la medicina, y algunos otros divagando sobre temas distintos.

En los últimos relatos, tal como en los primeros, continúa vigente su estilo costumbrista y su inmensa capacidad de asombro, pero además agrega magia a sus argumentos, imágenes y atmósferas. Estos, tratan sobre hechos que han ocurrido o que pueden ocurrir, que han sido de asombro, con finales inesperados o de cosas insospechadas, con un toque de ese realismo mágico de García Márquez, por eso los titula Relatos de Asombro.

Desde ese primer cuento denominado “Manuel Largo” que salió publicado en la revista del Club Rotario, Ricardo no ha parado de escribir. Es posible que la decisión de dejar para siempre la neumología coincidiera con ese deseo de dedicarse a la lectura, al descanso, a todo aquello que se abstuvo en toda una vida dedicada a la rutina, tal como lo vive el personaje principal en uno de sus cuentos. Lo cierto es que en los últimos veinte años don Ricardo ha sabido combinar la fuerza de la realidad que le ofrece la medicina con la cuota de ensoñación que retoma de sus cuentos.

El maestro Luis Carlos Gonzáles, a quien conociera en la Librería Quimbaya y quien fuera uno de sus contertulios en el Club Rialto, fue el primero que conoció sus relatos. “Era muy amigo mío y a él le gustaba leerlos y entonces los leía en familia y me hacía comentarios sobre ellos, siempre eran comentarios generalmente elogiosos. Él era la única persona que los conocía. En ocasiones le mostraba también los cuentos al doctor Julio Sánchez Arbeláez, y los comentábamos, hacía algunas observaciones y yo le hacía caso en ellas, eso fue en los primeros Trece Cuentos. Ya estos últimos que he venido publicando, el último volumen, ya Luis Carlos Gonzáles había fallecido y entonces no se los mostré a nadie, los publiqué directamente” afirma Ricardo.
Hagamos acá un alto de esta reseña biográfica de una vida que tiene todos los encantos de cualquier novela de ficción y dediquémonos un poco a hablar de sus libros de cuentos; tal como los ven, Diana María Rodríguez, la estudiante historiadora a quien he hecho referencia y Mirot Daniel Caballero Benavides, un talentoso estudiante de español y literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira.

“Los cuentos del médico Ricardo Mejía Isaza se inscriben dentro de una cosmovisión que va de lo mítico y mágico hasta lo profundamente existencial, psicológico y realista. Este médico, hijo adoptivo de Pereira, ya nos había ofrecido una muestra de su talento como narrador en su primer libro denominado “Trece Cuentos”, los cuales, inspirados en temas como la enfermedad, el analfabetismo, la miseria, lo hicieron merecedor del premio “Aniversario Ciudad de Pereira” en el Concurso Anual de Cuento de Risaralda del año 1.990.

En sus últimos cuentos, recopilados en su reciente libro titulado “Relatos de Asombro”, continúa vigente su inmensa capacidad de asombro, pero además agrega magia a sus argumentos, imágenes y atmósferas. Ricardo Mejía Isaza nos entrega en este nuevo ejemplar una serie de 21 cuentos que nos permiten volar en el mundo de lo fantástico al tiempo que nos sumergen dentro de lo más real de las pasiones humanas. Al abrir este libro, las voces de hombres y mujeres se materializan, y usted, tal vez pueda imaginarlas al calor de una hoguera, haciendo quizá lo primero que el ser humano aprendió a hacer: Contar Historias.

“Relatos de Asombro” es un libro para leer después de las once de la noche, allí cobran vida los muertos para acompañar a los vivos, por ejemplo, en la travesía por un río, unas vacaciones en la playa o en la soledad de una beatitud; crujen enormes casonas, pequeñas buhardillas, antiguas hosterías, mientras que demonios, ancianos desahuciados, antiguas divas, duques y condesas se desprenden de retratos, salen de libros y de antiguos mobiliarios para deshacer sus pasos. Sin embargo, de la mano de lo ficticio y lo fantástico, también en “Relatos de Asombro” aparece una voz que cuenta historias tan reales y tan humanas como el devenir de la adolescencia en medio de una familia disfuncional, la bigamia en un matrimonio convencional, las intrigas en una oficina, la angustia de una madre en búsqueda de un transplante para su hija o el dolor de un anciano al presenciar el maltrato doméstico al que está sometida su hija y sus nietas.

Los cuentos de Ricardo Mejía Isaza tienen alto vuelo imaginativo, son específicos en sus descripciones y concretos a la hora de captar el hecho acústico-visual de una situación. Ricardo Mejía no ahorra tinta para puntualizar en los más sutiles detalles físicos, rasgos sicológicos, atmósferas, texturas y épocas que caracterizan a sus personajes; su prosa logra traer al momento presente imágenes concretas de hechos pasados.

Como lo advierten los escritores Silvio Girón y Manuel Zapata Olivella, cuando se refieren al libro “Trece Cuentos”, la prosa de Ricardo Mejía Isaza es espontánea, sin artilugios técnicos ni rebusques estilísticos. La materia prima de sus cuentos es su vida misma, por lo tanto no es fácil analizarlo, es orgánico, naturalista, pero sobre todo verosímil. ¿Cómo logra tal verosimilitud?, quizás, teniendo presente, tal como lo aconsejan los maestros del cuento, que escuchar y contar historias es una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana, y que más allá de preocuparse por la trama, el personaje y la técnica, lo más importante a la hora de escribir un cuento es concentrarse en mostrar lo que harían ciertas personas en determinadas situaciones.

Son sus experiencias personales, profesionales, sus aficiones, sus sueños y por qué no sus miedos, es decir, precisamente todo aquello a lo que Pierre Bordeau llama habitus del autor, lo que inspira la obra de este cuentista. Al igual que en su libro “Trece Cuentos”, en “Relatos de Asombro” se encuentran fuertes trazos autobiográficos, como por ejemplo, la imagen del médico que llega a un pueblo alejado (Puerto Madroñal), tramas que giran alrededor de ambientes clínicos (El Día de la Suerte, Hemofilia) o relatos que hacen alusión a estudios histórico-arqueológicos (Los Ancestros, Tobby).

Sorprende además que todos aquellos relatos, nacidos de sus aficiones públicas o íntimas, sean manejados de la manera más diáfana posible. Ricardo Mejía Isaza, como se ha señalado antes, no escatima ni tiempo ni espacio para describir un personaje o una atmósfera, a pesar de ello no recurre a artificios ni analogías que impliquen un posible doble sentido. Mejía Isaza como un buen hijo de estas tierras de arrieros, le llama al pan, pan y al vino, vino, sin que ello reste emoción a sus relatos. Tal vez por ello, después de la aparición de “Trece cuentos”, se dijo que lo suyo era el costumbrismo, sin embargo, al leer “Relatos de Asombro”, uno no podría continuar inscribiéndolo sencillamente en este genero narrativo. Si bien, sus relatos no se hayan impregnados de lirismo, los escenarios y temáticas que sirven de telón de fondo, que van desde una vereda antioqueña hasta los bosques de roble en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, pasando por Vietman durante la guerra o alguna indeterminada ciudad contemporánea, nos recuerdan las propuestas cosmopolitas planteadas por el modernismo en cabeza del célebre Rubén Darío.

Son notorios los cambios que se pueden percibir entre sus dos libros, teniendo en cuenta ese salto de lo local-costumbrista a lo cosmopolita, ya nos hemos referido al entorno y las atmósferas presentes en los relatos, pero además de ello cabe resaltar los diferentes tratamientos que se les da a los personajes en cada una de sus obras. Teniendo solamente en cuenta la categoría de mujer-personaje en sus relatos, resulta notorio, que mientras en “Trece cuentos”, estas son en su mayoría mujeres de pueblo, manipuladas e ingenuas, temerosas al qué dirán y fieles al orden establecido, en “Relatos de Asombro”, éstas resultan ser independientes, insertas en el ritmo de la vida actual; son en su mayoría mujeres consientes de sus deseos, que buscan, y logran, hacerse escuchar, dejando lejos la idea de dependencia de un esposo, padre o similar.

Inmerso en esta dicotomía entre lo costumbrista y lo universal, Ricardo Mejía Isaza no busca en su nueva entrega literaria, suplantar lo uno por lo otro, si no llamarnos la atención sobre este nuevo mundo que se está gestando y que necesita ser contado urgentemente para poder ser vivido, ya no en el acelerado mundo sino en la intimidad del libro. Con “Relatos de Asombro”, Ricardo Mejía Isaza no olvida el mito del arriero cuentista, si no que lo recrea en la cotidianidad del siglo XXI, o como mejor lo diría William Ospina (2.001) refiriéndose a Hördeling, mitologiza su época, incorpora y sublimina en su lenguaje los temas de su tiempo, comprende que no hay nada más digno de amor que la vida turbia y grosera que discurre alrededor, que no hay nada más misterioso y más lleno de posible sublimidad que el mundo que nos ciñe.

En una época donde lo fantástico se ha trasladado del espacio cotidiano a través de la ciencia-ficción, donde lo ficticio ya es real - los cyborgs, mutantes y ciberhombres se confunden con los transgénicos, clones y extraterrestres -, lo maravilloso parece no interesar ya. Dicen algunos que en un país donde el secuestro, la guerra y la delincuencia común, han sembrado el miedo en el imaginario colectivo, ya hemos perdido la capacidad de asombro. Ricardo Mejía Isaza nos traslada, a través de sus cuentos, al tiempo en que todavía había espacio para sentir ese miedo atávico a ser plagiados por hadas, envolatados por duendes o perturbados por espantos. Sus páginas nos devuelven la inocencia de los lectores que de niños fuimos, esa inocencia que residía precisamente ahí, en el asombro.”

Volvamos a nuestro relato biográfico:

Ricardo, describe a Luis Carlos González como un hombre sencillo, agradable, estupendo conversador. “Él visitaba mucho la biblioteca que había en la Plaza de Bolívar, que se llamaba Librería Quimbaya. Iba allá con frecuencia a leer o a escribir, o a veces a publicar sus bambucos, sus libros, y allá lo conocí. Él era uno de los contertulios del Club Rialto, porque él era en esa época empleado del Club Rialto, manejaba Relaciones Públicas... era uno de los individuos que conversaba agradablemente en el Club”.

Ciertamente a aquellas reuniones del Club Rialto asistía un grupo muy selecto de carismáticos conversadores y buenos lectores, quienes marcaron un hito importante no sólo en la vida de don Ricardo Mejía, sino en la historia de Pereira en general.

No sólo la independencia de Caldas, sino la construcción de grandes barrios y obras de infraestructura que modificaron la morfología urbana en la década de 1.960 fueron producto del civismo de la ciudadanía pereirana y de sus líderes, agrupados en organizaciones como el Club Rotario que no descansaron hasta ver construidas la Villa Olímpica y el Aeropuerto Matecaña, construidos a través convites con la participación de toda la ciudadanía.

Hoy en día, a los ojos de cualquiera el civismo es un valor cada vez más escaso, el individualismo y el descrédito de las instituciones ha opacado ese espíritu solidario con que las organizaciones sociales promovían la acción colectiva. No obstante, Ricardo opina lo contrario: “Yo no creo tanto en la apatía, la gente sigue siendo patriótica, la gente sigue ayudando. Tal vez no ayudan en esos convites oficiales porque ya donan plata para que otros lo hagan. Por ejemplo obras como el Amparo San Marcos, la gente ayuda con semillas, ayuda con plata, ayuda con donaciones, ayuda económicamente. El Instituto de Audiología, lo está sosteniendo la gente, el público, cuestan mucho los profesionales que trabajan allá y los exámenes que hacen a la gente, pero la gente ayuda, contribuye con dinero, tal vez no van a mover tierra con palas como antes, pero si están dando dinero para esas obras... y si fuera necesario hacer un día un convite para algo, la gente iría otra vez, iría con mucho gusto”.

La vida y obra de Ricardo Mejía Isaza da fe de una generación que no se quedó perpleja ante los desafíos de la realidad. Una generación que no creyó en la apatía, que por el contrario encontró en el liderazgo de servicio una vía formal para transformar la realidad propia y la de su sociedad. Ricardo Mejía Isaza se puede leer como un optimista, como un hacedor de historias, un defensor de la vida. En su longeva existencia, aún radiante, aún lúcida, se entiende porqué el principio rector del rotarismo se resume en que “se beneficia más el que mejor sirve”.

Ricardo Mejía Isaza ha sido presidente del Club Rotario de Pereira en varias ocasiones y ha rotado por los diferentes cargos de las Avenidas que conforman el Club. En su consultorio, ubicado en la carrera 6 con calle 22 de Pereira, muy juiciosamente se le ve investigando y escribiendo sobre la ecología y etología del gasterópodo, del perezoso, de las cianobacterias y sobre infinidad de temas de cultura general que con locuacidad y encanto transmite cada quince días a sus compañeros rotarios. También, cada quince días prepara charlas en las que intenta trasmitir la experiencia adquirida durante 54 años en el rotarismo y a fe que lo logra, cuando toma la palabra captura la atención del auditorio al que le trasmite una magia que sólo él es capaz de crear.

Hay otras facetas un tanto ocultas para los Rotarios pero que también dan idea de la dimensión de Ricardo; me refiero a su aporte y dedicación al Centro Colombo Americano de Pereira de cuyas ejecutorias podría escribirse otro tanto a lo que hoy entrego, a su afición por la caza y por la aventura, a su conocimiento de las armas de fuego y del deporte del tiro, a su pasión por el arte; en fin, a tantas cosas que de verdad asombran.

Estimados amigos a Ricardo hay que leerlo y hay que aprender de su vida porque tiene todos los ingredientes que configuran lo mejor de la naturaleza humana. Insisto, la historia de estos personajes como Ricardo Mejía Isaza son iluminadoras para las nuevas generaciones que a veces no tienen la noción de las tribulaciones de la existencia; a los estudiantes de la Universidad en mis discursos, suelo decirles que se preparen para lo inesperado, pues la vida no es un lecho de rosas; en la vida a veces se retrocede para avanzar.

Para Ricardo mi felicitación por el ejemplo que a diario nos da de cómo vivir y para ustedes mi recomendación final; queda en sus manos este libro que vale la pena. No dejen de leerlo.


Muchas gracias.


Luis Enrique Arango Jiménez
Rector