Comunicado número 14 emitido por el rector de la Universidad Nacional de Colombia, Moisés Wasserman, a la comunidad universitaria.Apreciados profesores, estudiantes, funcionarios y egresados:

 

Quiero manifestarles mi preocupación por algunos desarrollos que se han presentado dentro de la Universidad. Si bien  respeto la posición de los estudiantes que quieren mantener un paro hasta el retiro del proyecto de Ley, rechazo los hechos de presión y amenaza que se han dado, en algunos lugares, contra profesores, estudiantes y decanos que tienen otras opiniones.

No hay diferencias en las posiciones de rechazo a gran parte del proyecto, las hay apenas sobre la estrategia para lograr una mejor Ley para la Universidad Colombiana.


No es posible que en defensa del derecho fundamental a la educación se les niegue a otros sus derechos básicos de opinar, estudiar y trabajar. No es posible que quienes tienen en sus banderas la defensa de la diversidad cultural exijan una opinión única, condenen a la opinión diferente e impongan su visión a la fuerza con bloqueos amenazas e intimidaciones.


He visto y oído conceptos que una comunidad pensante debe rechazar. Se repite constantemente que “más vale la pena perder un semestre en la universidad que la universidad en un semestre”. Esa afirmación, que tal vez suena como lema, no aguanta el más mínimo análisis. Nadie puede demostrar que la Universidad se pierde en un semestre y nadie que la pérdida de un semestre garantiza algo diferente a eso mismo. Muy al contrario, la pérdida de un semestre asegura pérdida de recursos, de credibilidad y de confianza de la sociedad. Lo que es peor, asegura la pérdida de la oportunidad de estudiar en la universidad pública a una cohorte completa de decenas de miles de jóvenes.

Escuché a un líder del movimiento (no de la Universidad Nacional, por suerte) decir que eso era un daño colateral. No puedo creer que se use ese lenguaje que hemos visto justificando pérdidas de vidas civiles en múltiples conflictos. La pérdida de un estudiante en la universidad es una pérdida grave para el país y es irreparable para la persona. No es un despreciable daño colateral.


Hay que permitir el progreso del semestre, hay que tratar de lograr la mejor ley posible que le asegure sostenibilidad a la Universidad Pública, porque sin eso el resto es retórica; y las leyes se hacen en el Congreso de la República. Dejar vigente la obsoleta Ley 30 sería la más pírrica de las victorias. Pero también hay que mantener en la sociedad la discusión sobre la educación superior e inaugurar un proceso de construcción de otra Ley, una que recoja nuestras aspiraciones más altas. No dudo que esto se puede hacer en franjas de discusión organizadas de forma que no interfieran con las labores académicas.

 

Creo, además, que esta Ley no puede ser escrita sólo por nosotros los universitarios. Quienes no tienen acceso hoy a la educación superior deben tener algo que decir, asimismo los representantes de las regiones, los impulsores de la cultura y la ciencia, las organizaciones no gubernamentales que defienden el ambiente y los derechos humanos y tantos otros miembros de la sociedad que no necesariamente están vinculados a universidades. No va a ser fácil conciliar los intereses de las instituciones públicas con los de las privadas, los de las universidades con los de las instituciones de educación superior, los de las universidades desarrolladas del centro con los de las pequeñas de las regiones.


Ese proceso necesariamente será largo y finalmente deberá comprometer al gobierno y al congreso para que incluyan su resultado entre sus propuestas prioritarias. Es iluso pensar que un movimiento estudiantil puede escribir en poco tiempo un proyecto que sea aceptado por toda la sociedad. Sería abusivo pensar que puede imponerlo.


Les solicito encarecidamente que reflexionen y regresen a clases, que respeten los pensamientos diversos y los derechos de los otros, y que mantengan viva la discusión sobre la educación superior que queremos.


Dado en Bogotá D.C, a los treinta y un días del mes de octubre de 2011.


MOISÉS WASSERMAN