Hacía parte de la selección Risaralda de Fútbol de Salón cuando llegó a la UTP como estudiante. Su juego lo hizo clave en el equipo del mismo deporte en la universidad. Una coyuntura en el equipo lo puso como entrenador, aun sin terminar sus estudios. Un accidente reciente lo puso al borde de la muerte pero se resistió a ella y este año vio la luz nuevamente.

Cuando Emerson Cardona Rodas llegó a la Universidad Tecnológica de Pereira en 1998, lo hizo como estudiante de Ciencias del Deporte y la Recreación y como jugador apasionado de fútbol de salón. Nunca imaginó que, más de dos décadas después, su nombre estaría ligado de manera inseparable al fútbol sala universitario.
Su tránsito de jugador a entrenador ocurrió casi de manera natural. “En ese tiempo yo hacía parte del selectivo de la universidad. Cuando el instructor se retiró, me dieron la oportunidad de dirigir, y desde ese momento dejé de jugar para asumir el reto de entrenar”. Coincidió con el cambio que vivía el deporte universitario: desde 2001, la competencia dejó de ser en fútbol de salón y pasó a fútbol sala, y Emerson estuvo allí, al frente del proceso.



Desde entonces, han pasado 24 años y decenas de estudiantes que han vestido la camiseta de la UTP. Sus equipos han logrado seis títulos nacionales en la categoría de estudiantes, cinco más con administrativos, y numerosos trofeos en torneos locales y regionales. Pero más allá de las medallas, Emerson insiste en lo esencial: “Lo primero no es el talento individual, sino la conciencia del trabajo en equipo. En cada estudiante busco disciplina, compromiso y amor por la camiseta”.
El semillero es su orgullo. Cada semana entrena a unos 20 muchachos que sueñan con representar a la universidad. De allí salen los selectivos oficiales, siempre con una exigencia doble: rendir en la cancha y mantener un promedio académico superior a 3.5, como exige Ascún.



Un entrenador pacífico
A diferencia de la idea que muchos tienen del fútbol, Emerson aprendió a mirar el deporte desde otra orilla. “El fútbol sala es rápido, sí, pero no tiene que ser violento. Yo he dejado la parte del choque y la fuerza a un lado. Lo que importa es la habilidad, la inteligencia para resolver”.
Lo que la UTP le ha dado
Emerson no duda en reconocer que la universidad ha sido su casa y su escuela: “Aquí he crecido en todo sentido: en lo laboral, en lo económico y en lo personal. La UTP me lo ha dado todo”, así lo reconoce en una charla informal en la que su sentido de gratitud le logra desgarrar la voz.
El accidente que lo cambió todo
En 2024, su vida dio un giro inesperado. Un accidente en bicicleta lo dejó en cuidados intensivos con un diagnóstico que parecía devastador: “El paciente presenta lesión axonal difusa”, decía el parte médico, al tiempo que en el rostro de los galenos se reflejaba poca esperanza. “Me fracturé el cráneo, mi cerebro se movió y quedé sin conciencia ni movimiento. Tuve que empezar casi desde cero”.
Su familia fue fundamental en el proceso, empezar de cero, era aprender de nuevo a caminar, era reactivar su memoria, era activar de nuevo su cerebro y su cuerpo.
Contra todo pronóstico, Emerson salió adelante. “Los médicos dicen que es un milagro que yo haya sobrevivido. Este año vi la luz nuevamente, sentí que me iba y, gracias a Dios, pude volver”, habla con la alegría de volver a vivir.
Hoy, con la serenidad que dan las segundas oportunidades, mira a su esposa y a su hija de ocho años como el motor de su vida. Y regresa a las canchas con más gratitud que nunca. “Después de lo que viví, disfruto cada momento. La UTP ha sido mi casa y mi refugio. Aquí soy feliz”.