A dos meses del fuerte sismo que sacudió a Pereira y al Eje Cafetero el pasado 10 de agosto de 2026, la comunidad académica comienza a dar pasos firmes y visibles en su proceso de recuperación. Tras semanas de rigurosas inspecciones técnicas, reparaciones y adecuaciones estructurales preventivas, las autoridades universitarias oficializaron la habilitación de las oficinas y cubículos para los docentes de la Facultad de Ciencias de la Educación en el edificio 7A.

La contingencia sísmica había obligado al desalojo preventivo y al cierre temporal de las instalaciones del campus para garantizar la seguridad de la comunidad universitaria. Durante este periodo, los profesores debieron adaptarse a la virtualidad.

El regreso físico a los puestos de trabajo en el Bloque 7A fue recibido como un símbolo de estabilidad y resiliencia institucional. Entre planeadores de clase y el reencuentro presencial entre pares, el docente Alonso Molina Corrales, adscrito a la Facultad de Ciencias de la Educación, expresó el sentir colectivo de los educadores tras superar la etapa más crítica de la emergencia: «El poder regresar a la sede de la Facultad de Ciencias de la Educación, me genera sentimientos de alivio y esperanza, en tanto  avanzamos hacia una normalización de nuestras actividades docentes.».

Las declaraciones del profesor Molina reflejan no solo la tranquilidad de volver a un espacio seguro y propio, sino también la necesidad urgente de restablecer el contacto cercano con los estudiantes, que durante estas semanas de incertidumbre vieron limitadas las tutorías personalizadas y el seguimiento presencial a sus procesos formativos.

Además de las áreas de trabajo profesoral, la entrega técnica del Bloque 7A contempla salones debidamente acondicionados y evaluados estructuralmente. Estas aulas representan una pieza clave en el cronograma institucional para acelerar la transición hacia las cátedras presenciales, articulando en un solo edificio la docencia directa y la atención de oficina.

La reactivación de este bloque no solo resuelve una necesidad logística inmediata, sino que devuelve la vitalidad a los pasillos universitarios, marcando un hito fundamental en la hoja de ruta de la institución para superar las secuelas que dejó la emergencia del 10 de agosto.

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