El fútbol fue la puerta de entrada a la UTP hace 34 años. Se desempeñó en varias dependencias: Biblioteca, gestión de documentos, personal y ahora en el almacén de música. Aquí se hizo Licenciado en Matemáticas y dicta clases en la jornada especial. Para Jesús Antonio Bedoya Rosero la UTP es su mundo.

A comienzos de la década de los noventa, Jesús Antonio Bedoya Rosero un joven de 27 años, egresado del INEM Felipe Pérez, trabajaba en la Alcaldía de Pereira mientras seguía cultivando una de sus grandes pasiones: jugar fútbol. En las canchas conoció a varias personas vinculadas a la Universidad Tecnológica de Pereira y, entre conversaciones y partidos, surgió una oportunidad que terminaría cambiándole la vida.

“Me gustaba jugar mucho fútbol, entonces conocí a gente de acá de la universidad que jugaba fútbol y presenté hoja de vida”, recuerda.

La sugerencia llegó de Luis Alfonso Ospina, el popular Pocho de Bienestar Universitario, quien le comentó que en la biblioteca necesitaban personal. Antonio no lo pensó dos veces y presentó sus documentos y esperó. Pasaron cuatro o cinco meses y ya pensaba que había sido un intento fallido, pero no. Por fin recibió la llamada que marcaría el comienzo de una historia que ya supera las tres décadas, corría el año 1992.

La universidad era muy distinta a la que hoy  se tiene. más pequeña, más cercana, casi familiar. Allí comenzó prestando libros y atendiendo usuarios en la biblioteca, sin imaginar que aquel sería apenas el primer capítulo de una larga trayectoria institucional.

Conociendo la universidad paso a paso

Después de un año en la biblioteca llegó un nuevo reto. Lo nombraron mensajero interno de la universidad. Era una labor sencilla en apariencia, pero que le permitió conocer cada rincón de la institución.

Todos los días recorría las dependencias entregando correspondencia.“La universidad era muy pequeña, digámoslo así, y se hacía un recorrido que duraba aproximadamente 45 minutos”.

Aquellos trayectos le permitieron aprender nombres, construir relaciones y entender el funcionamiento de una institución que apenas comenzaba a crecer.

Hoy, cuando recuerda aquellos recorridos, sonríe. “Si hoy me tocara hacer ese recorrido, yo creo que me demoraría todo el día”.

La frase resume de manera perfecta la transformación que ha vivido la Universidad Tecnológica de Pereira durante las últimas décadas.

El guardián de los documentos

Seis meses después apareció una nueva oportunidad. Participó en un concurso para Archivo y Correspondencia y logró ganarlo. Allí comenzó una etapa que se extendería por casi una década. Su labor consistía en clasificar, organizar y distribuir la correspondencia que llegaba a las diferentes dependencias. Eran tiempos anteriores al correo electrónico y muchas de las comunicaciones institucionales dependían de cartas físicas.

Jesús Antonio se convirtió entonces en una pieza silenciosa del engranaje institucional, una de esas personas que garantizan que la información llegue al lugar correcto y en el momento adecuado.

La confianza que abre puertas

Su conocimiento sobre la organización documental llamó la atención de quienes dirigían la División de Personal. Fue entonces cuando el doctor Jorge Eduardo Calle le propuso una tarea específica: organizar las historias laborales y las hojas de vida de los funcionarios.

La misión terminó convirtiéndose en una nueva etapa profesional. Lo que inicialmente era un encargo temporal se transformó en trece años de trabajo en la dependencia encargada del talento humano de la universidad.

Allí vivió diferentes procesos institucionales, acompañó contrataciones, organizó documentación y asumió responsabilidades cada vez mayores.

Cuando la doctora Gloria Román se jubiló, él quedó encargado de algunos procesos relacionados con la contratación, junto a otros compañeros que posteriormente asumirían importantes responsabilidades dentro de la institución. Fueron años de intenso trabajo administrativo, señala.

Años en los que aprendió que detrás de cada nombramiento, cada contrato y cada funcionario existe una historia humana que merece respeto y cuidado.

El reto inesperado

Después de muchos años en la División de Personal apareció una posibilidad diferente en la Facultad de Bellas Artes y Humanidades, allí se necesitaba una persona de planta para asumir la responsabilidad del almacén de música y Jesús Antonio aceptó el desafío.

No conocía los instrumentos. No sabía diferenciar un oboe de un fagot ni imaginaba la complejidad logística que implicaba administrar uno de los inventarios más valiosos de toda la universidad, sin embargo, decidió asumir el reto. “Cuando vine acá el reto era que el inventario que estaba a cargo del decano pasara a ser mi responsabilidad”. La situación exigía organización, control y modernización.

Cuando llegó, los préstamos se registraban en un libro físico. Los estudiantes entregaban el carné, firmaban manualmente y esperaban su turno. El proceso era lento.

Entonces comenzó a trabajar en la sistematización del almacén. Diseñó mecanismos de control, organizó bases de datos y logró que cada instrumento quedara plenamente identificado.

Hoy sabe exactamente dónde se encuentra cada guitarra, cada violín, cada saxofón o cada oboe. “Cuando llegué no conocía ninguno de los instrumentos, y aquí ya todos los conozco”. Lo dice con gran satisfacción porque un proceso que parecía fácil era complejo, él logró sacarlo adelante con esfuerzo y dedicación. Convirtió un desafío desconocido en una experiencia de aprendizaje.

El estudiante que se convirtió en profesor

Cuando ingresó a la Universidad Tecnológica de Pereira era únicamente bachiller, pero la institución también se convirtió en su espacio de formación. Aprovechando las oportunidades que brindaba la universidad, inició estudios en la Licenciatura en Matemáticas y Física y se graduó en el año 2002.

Recuerda que la universidad le facilitaba horarios para asistir a clases y avanzar en su formación profesional, aquella decisión amplió aún más su relación con la institución, ya no era solamente funcionario administrativo. Ahora también era egresado y con el tiempo se convertiría además en docente.

Actualmente desde el Departamento de Matemáticas, orienta cursos de Matemáticas Fundamentales en jornadas especiales. Antonio ha sido funcionario, estudiante, egresado, profesor y deportista.

La cancha como escuela de vida

Desde que llegó a la UTP, comenzó a integrar equipos institucionales y selecciones deportivas conformadas por estudiantes, docentes y administrativos. El deporte se convirtió en un puente para construir amistades y fortalecer vínculos, “todo el mundo me empezó a conocer por el fútbol” y esa pasión sigue vigente.

Todavía entrena, participa en competencias y continúa representando a la universidad en diferentes torneos. Pero el fútbol también ha trascendido las fronteras del campus, en el barrio José Antonio Galán, donde ha vivido durante 55 años, ha desarrollado labores comunitarias orientadas al deporte y al acompañamiento de jóvenes. Allí aprendió desde niño el valor de compartir.

Recuerda una infancia sencilla y feliz, marcada por el estudio, los amigos y los partidos en las calles del barrio. “Compartíamos con todos los amigos, estudiábamos y jugábamos fútbol”.

La universidad como proyecto de familia

Para Jesús Antonio, la Universidad Tecnológica de Pereira no solo es su espacio laboral es también donde ha construido sueños y esperanza para él y para su familia.

Su hija es ingeniera industrial egresada de la institución, actualmente trabaja en Magnetrón, una empresa de transformadores eléctricos. Su hijo también cursa en la UTP Ingeniería de Sistemas y de esa manera continúa escribiendo una historia sobre esa relación entre los Bedoya y la universidad, por eso no duda cuando le preguntan qué representa la UTP en su vida, y la respuesta es clara y directa: “Para mí ha sido todo” , es que son más de treinta años de experiencias.

Allí construyó estabilidad laboral, obtuvo su título profesional,  encontró la posibilidad de ejercer como docente, y allí estudiaron sus hijos. Y es el lugar en el que también ha tejido amistades que perduran hasta el día de hoy.

Los nombres que permanecen

A lo largo de los años ha conocido a decenas de profesores, administrativos y directivos. Muchos de ellos ocupan un lugar especial en su memoria.

Recuerda con gratitud al rector Gabriel Jaime Cardona, bajo cuya administración ingresó a la institución, menciona también a compañeros de ruta como Educardo Roncancio, Darío Rodríguez, Oswaldo Agudelo y Wualdino Castañeda, entre muchos otros. Personas que, según sus palabras, lo acompañaron en diferentes etapas de la vida. “Una hermandad, una amistad y un respeto ante todo”, Quizás esa frase resume mejor que cualquier otra su paso por la universidad.

La felicidad de los sueños cumplidos

A sus 59 años, Jesús Antonio Bedoya observa el camino recorrido con serenidad, no habla de grandes pendientes ni de metas incumplidas, por el contrario, siente que la vida le ha permitido alcanzar aquello que soñó: Ser profesional,  ser docente,  tener estabilidad laboral y sus hijos han encontrado oportunidades de formación.

Dentro de pocos años llegará el momento de la jubilación, piensa en el descanso, en el tiempo libre y en una nueva etapa de la vida. Pero mientras ese día llega, continúa recorriendo los pasillos de la Facultad de Bellas Artes y Humanidades con la misma disposición con la que llegó en 1992.

Aquel joven que entró a la universidad gracias a un balón terminó encontrando mucho más que un empleo, encontró un proyecto de vida y cuando se le pregunta si se siente feliz, responde sin vacilaciones:  “Me siento muy feliz”.