En un ambiente de reflexión, identidad y profundas emociones, la Licenciatura en Etnoeducación de la Universidad Tecnológica de Pereira llevó a cabo la socialización de prácticas pedagógicas de sus estudiantes de noveno y décimo semestre. El encuentro no fue una simple entrega de informes académicos; se convirtió en un espacio de armonización y en un hito histórico, al tratarse de las últimas cohortes de un programa que ha transformado vidas y territorios durante más de 35 años en la institución y que hoy avanza hacia su proceso de cierre.



La jornada permitió conocer el impacto real que los futuros etnoeducadores han dejado en diversas comunidades, tanto en contextos de marginalidad urbana como en la ruralidad profunda de la región.
La docente Claudia Viviana Hurtado destacó el papel de los estudiantes de noveno semestre, quienes enfocaron sus esfuerzos en la periferia y en los contextos de marginalidad urbana. Su escenario de acción fue la Institución Educativa Carlos Eduardo Vasco (sede principal y satélites), impactando positivamente a las comunidades de los barrios San Marcos y Perla del Sur.
Tanto en básica primaria como en bachillerato, los practicantes acompañaron procesos del área de Ciencias Sociales, promoviendo debates actuales y urgentes en las aulas. «Fueron reflexiones orientadas hacia la diversidad, el reconocimiento del otro y, de manera muy especial, la afrocolombianidad, aprovechando que durante este semestre se cumplió la conmemoración de esta fecha tan importante para el país», explicó la profesora Hurtado.
Por su parte, los estudiantes de décimo semestre vivieron un momento de quiebre en sus vidas: el fin de su etapa como practicantes y el inicio de su vida profesional. Para despedirlos, la facultad organizó un acto de armonización, deseándoles el mayor de los éxitos en el exigente camino de la docencia.
Este grupo centró su experiencia en la educación rural, desplazándose a corregimientos y zonas como Combia, Altagracia y Caimalito, así como a territorios clave como Santa Cecilia y el municipio de Cartago. Allí se enfrentaron a diversas modalidades del sistema educativo colombiano, tales como la Escuela Nueva y la Escuela Graduada, dictando clases en primaria y bachillerato con un enfoque adaptado a las realidades del campo.
De igual forma, se destacó la participación de estudiantes en el programa nacional “Viva a la Escuela” del Ministerio de Educación Nacional, una iniciativa que les permitió expandir sus fronteras y realizar sus prácticas en zonas alejadas del municipio de Pereira.
Maicol Mauricio Ruiz Morales, coordinador de prácticas del programa, enfatizó en que este espacio busca que los estudiantes demuestren el «saber pedagógico» que han venido decantando, yendo mucho más allá de la simple anécdota.
«Nuestro criterio con las prácticas no es que tengan que ser perfectas, pero lo que sí tienen que dejar son lecciones para los futuros maestros. Estamos convencidos de que la práctica hace al maestro y en educación somos eternos aprendices, eternos estudiantes», afirmó el coordinador Ruiz Morales.
El docente también hizo un llamado a la autoconciencia en el ejercicio docente: «De los errores aprendemos, pero también necesitamos aprender cuando acertamos y entender por qué acertamos, porque a veces no somos tan conscientes de esos logros».
Con la culminación de esta jornada, la Licenciatura en Etnoeducación de la UTP demuestra, una vez más, que su legado de más de tres décadas sigue vivo en el territorio. Sus futuros egresados se despiden de las aulas universitarias listos para aplicar un modelo educativo incluyente, donde el aula de clase es, ante todo, un espacio para el auto reconocimiento, el respeto por la diferencia y la transformación social.








