Mistrató es su patria chica, Pereira la Recibió y la UTP la adoptó para verla realizarse como docente. Sus inicios fueron como auxiliar administrativa. Llegó en 1997 y ha alcanzado sus sueños personales y profesionales desde la Universidad. Aunque ya está  jubilada sigue en su salón de clases .

Cuando recuerda su llegada a la UTP, todavía se le iluminan los ojos. La escena es sencilla: una amiga de Mistrató —Luz Mary, “orgullosamente de Mistrató”, repite, le dijo que en el CEPES necesitan a alguien, y que traiga la hoja de vida.

 Marta Doris tenía un curso de sistemas del Sena y un impulso interior que no sabía explicar, pero que la hacía sentir que el papel que entregaba y contenía sus datos tenía la fuerza de una puerta abierta. Presentó la prueba, la pasó, y el doctor Héctor Arteaga —director del centro— le dijo sin rodeos: “Listo, pase la hoja de vida a contratación”.

Así, sin ceremonias, empezó una historia que ya cumple casi tres décadas.

En el CEPES alcanzó a estar un año. Coordinaba labores de secretaría y apoyaba a los coordinadores de formación permanente en salud: cursos, actualizaciones, y una especialización. Después vino la Secretaría de Ciencias del Deporte y la Recreación, donde estuvo seis años. Y después la decanatura, a donde subió porque Luz Mary decidió emprender otros caminos y el decano, el doctor Álvaro Estrada, vio en ella no solo eficiencia administrativa, sino una forma respetuosa y cálida de habitar los espacios.

Pero lo que verdaderamente empezó a transformarla fue la idea —todavía débil, todavía tímida— de estudiar. “Tengo que hacer una carrera”, recuerda haber dicho mientras trabajaba en el CEPES. Buscó algo a distancia, algo que le permitiera trabajar y estudiar. Encontró una en Administración Económica y Financiera, a ella le gustaba la administración, y también encontró Administración Educativa que encajaba también con lo que sentía: la administración le gustaba, pero también la docencia. “Estoy en la universidad —pensó—, hay algo aquí que también es para mí”.

Y así empezó a formarse:la Licenciatura, una Especialización en Docencia Universitaria y la Maestría en Educación. Una escalera larga, a veces agotadora, que subió escalón por escalón con monitorías, sacrificios y una terquedad dulce por aprender siempre.

Los momentos cumbre de Marta Doris no se narran como hitos académicos, sino como pequeñas victorias del alma. El grado de la especialización fue uno de ellos. Era su primer título universitario estando ya en la institución, y sentía —lo dice sin temblarle la voz — un amor profundo por la universidad que la había acogido. Después vino la maestría, fue posible gracias a la oportunidad de homologación, y a un sueldo que, aunque modesto, ella lo hacía rendir, como dicen las abuelas. Lo estiraba con disciplina. Cuando habla de esa época, aparece el esfuerzo, pero también la gratitud.

Otro momento, quizá el más simbólico, fue pasar de secretaria del programa de Ciencias del Deporte a docente del mismo. Cruzar ese umbral —de la auxiliar administrativa a la profesora con maestría, de la mujer que llegó con un título de bachiller, a la académica que hoy acompaña procesos en varias facultades— ha sido una de las alegrías silenciosas que la impulsan cada día a llegar con alegría al salón de clases.

Porque Marta Doris no empezó con todo resuelto. Se casó muy joven, tuvo a su hija, aplazó el bachillerato, lo terminó ya mayor. Y cuando mira hacia atrás se sorprende: licenciatura, especialización, maestría, diplomados. “¿En qué momento?”, dice, y la voz se le quiebra un instante. Algo íntimo, muy suyo, que tiene que ver con su hija, le pasa por la garganta.

Ella ha sido docente en Salud, en Educación, en Ciencias del Deporte, en Tecnología en Atención Prehospitalaria. Ha apoyado CERES, premédico, extensión, incluso procesos artísticos en La Escafandra, donde alguna vez se aventuró como actriz, aunque prefirió luego quedarse en los apoyos administrativos y pedagógicos. Pero si la obligaran a elegir una casa, diría sin dudarlo: Ciencias de la Salud.

Los estudiantes que la buscan encuentran una profesora equilibrada: estricta, pero amorosa; seria, pero condescendiente cuando corresponde; alguien que no pretende ser confidente, pero que termina siendo una persona cercana porque irradia una sinceridad transparente que inspira confianza.

Los valores que gobiernan su vida —lo dice con suavidad— son respeto, amor y honestidad. Respeto por la diferencia, amor por la gente, honestidad como bandera. “Soy cariñosa”, admite, “y genuina. No pretendo mostrar lo que no soy”.

Y lo que ha sido es, sobre todo, una mujer que encontró en la Universidad Tecnológica de Pereira una plataforma de vida. “Ha sido una escalera para superarme”, dice. Personal, profesional, emocionalmente. Lo que tiene —lo dice con humildad y con gratitud— se lo debe a la universidad.

Después de casi treinta años, de caminar desde Deportes hasta el Bloque 13, de recoger llaves, abrir auditorios, dar clases, orientar estudiantes, estudiar en las noches, apoyarse en colegas, crecer sin prisa, pero sin pausa, hoy Marta Doris apenas empezó a disfrutar su jubilación y mantiene su amor por el salón de clases. 

Así fue como Marta Doris Morales llegó un día con un curso de sistemas, una hoja de vida sencilla y un deseo silencioso por aprender. Hoy es maestra, formadora, universitaria en el sentido más profundo. Su historia es inspiradora, demuestra que la universidad de verdad es un mundo de inagotables experiencias.