Empezó a ser parte de la UTP en 1968. Algo inusual en la época, con ella se matricularon 22 mujeres. Fue la primera docente en el departamento de física. El machismo de la época era tal, que varios estudiantes hombres cancelaban sus cursos porque no concebían que su profe fuera mujer. Fueron varias  décadas vinculada a la universidad, incluso después de su jubilación estuvo como catedrática. En los últimos años fue la encargada de plantar orquídeas en todos los árboles del área construida.

Hace 58 años llegó como estudiante a la Universidad Tecnológica de Pereira. Sus planes eran enseñar en un colegio, hasta recibió propuestas de tres instituciones en una misma semana. Una llamada le cambió el rumbo, fue llamada para ser docente en el Departamento de Física. Recuerda que algunos estudiantes cancelaban la materia porque no se imaginaban a una mujer dando esa materia. Hoy recorre la universidad como si no se hubiese jubilado. Las orquídeas son su pasión.

Aunque Lelia García se jubiló hace más de dos décadas, durante varios años fue catedrática y ahora camina por el campus con la misma naturalidad y elegancia que lo hizo en 1967. Para ella, la universidad Tecnológica de Pereira es su casa, su familia, su vida entera.

Llegó en 1967, cuando la Licenciatura en Física y Matemáticas apenas abría sus puertas. Era una joven que hacía parte de un grupo de 22 estudiantes de los cuales 18 eran mujeres que se aventuraban en un programa que, para la época, sonaba casi insólito. En el transcurso de la carrera se fueron retirando y terminó prácticamente sola. “Al final solamente quedamos dos”, y recuerda a Dora Ruiz. Cuenta que la facultad no estaba todavía aprobada y tuvo que esperar hasta 1972 para graduarse. Ese día salió de clase directo a recibir el título.

Lelia docente

La entrada como docente de la universidad no estaba en sus planes. Ella se imaginaba enseñando bachillerato. Tenía ofertas, incluso tres en una misma semana, una de ellas en el Deogracias Cardona donde hizo su práctica docente y donde había quedado con buena imagen . Pero el teléfono sonó en un momento preciso. “La necesito ya aquí”, le dijo Joaquín López Lobo, jefe del Departamento de Física.  Ella pensó que era para hacer otra materia que quizás faltaba, nunca para proponerle el puesto de profesora. “Para ser docente en ese entonces, había que poner la hoja de vida al escrutinio de un comité de evaluación docente, yo no lo hice, ellos pensaron en mi como una opción”. El interés era tal, que el directivo le dijo que si no tenía plata para el taxi, él aportaba. Así que llegó, y se encontró con el comité de evaluación reunido, tenían su hoja de vida, sus integrantes discutieron a puerta cerrada y a la media hora  le dieron la bienvenida como nueva docente del departamento de Física. A las 11 de la mañana ya tenía carga académica.

La profe con carácter

Y llegó a un lugar donde la universidad todavía era un mundo marcadamente masculino. Como estudiante no fue tan difícil ya que de uno u otra manera era bonito tener tantos admiradores. Pero como profesora, el escenario cambió: muchos alumnos cancelaban la materia cuando descubrieron que una mujer sería su docente. “Eso hoy da risa, pero en ese tiempo era habitual”, dice. Y también tuvo que oír la pregunta que repetían algunos docentes: ¿Qué hace usted aquí?.

Pero Lelia siempre tuvo un estilo: una forma seria, recta, heredada de su casa. Una ética capaz de sostenerla incluso cuando la subestimaban. 

Su rectitud era tal, que se creó una fama que aún en sus últimos semestres, flotaba en los pasillos de Ciencias básicas: la fama de ser “cuchilla”. Una fama que, con los años, se volvió gratitud.

Ella lo cuenta sin adornos: En su primer semestre como docente, un estudiante que iba perdiendo la materia la abordó con una frase brutal: “Profe, si yo pierdo física, ¿yo para qué vivo?”. Ella no sabía cómo reaccionar. Era su primera experiencia. No quería crear la idea de que llorar servía para pasar la materia, pero tampoco podía ignorar el dolor de un muchacho al borde del abismo. Así que le dijo: “Bueno, dígame cómo le ayudo a tomar una decisión”.

El estudiante no tomó una decisión adversa. Y algo se acomodó en ella. Entendió que ser firme también podía ser un acto de cuidado.

Con el tiempo, muchos de esos jóvenes que sufrían sus clases volvieron para agradecerle. Le decían que Física II —esa misma de electricidad y magnetismo— fue decisiva en sus carreras. Que la exigencia vale más que la indulgencia. Que una profesora estricta también puede ser una profesora profundamente querida.

Entre físicos prepotentes y estrategias calladas

Lelia dictó varias asignaturas: Física 1 y 2, los laboratorios, Física para Medicina, talleres. Siempre en medio de docentes que, según ella, “eran bastante complejos”. El machismo no era una teoría: era una práctica cotidiana. Pero ella encontraba maneras inteligentes de sobreponerse.

Lo cuenta con una sonrisa apenas insinuada: Una vez la pusieron a dictar en la noche. Un horario imposible para una mujer con dos hijos pequeños. Así que pasó todo el semestre diciendo —con total convicción adoptada— que ese era el mejor horario del mundo. Que no cambiaría nada por él. Que era una maravilla.

Al terminar el semestre, para impedir como ella decía que estuviera “tan bien”, la cambiaron para la mañana. Justo donde ella quería.

La universidad como casa

Después de décadas enseñando, Lelia se pensionó, pero basta caminar por la UTP para entender que nunca se ha ido del todo. Todos la saludan y reconocen sus enseñanzas: “Profe, ¿cómo le va?”. En la calle también. Y aunque diga que no se maquilla, muchos insisten en que está “igualita”. Cincuenta años después.

Dice que la universidad le dio todo: su bienestar, su desarrollo profesional, incluso su familia —porque allí también conoció a su esposo—. “Toda una vida”, repite. Toda una vida. Aún la vive: ahora desde la asociación de jubilados, donde el doctorado y la docencia ya no pesan. Son solo nombres propios: Lelia, Gladys, Amparo, Marta Piedad, Morelia. Sin títulos. Sin jerarquías. Igualitas todas.

La señora de las orquídeas

A Lelia hay que verla con sus orquídeas. Ese es otro capítulo, uno luminoso. En una reunión con el rector Luis Fernando Gaviria, alguien mencionó que ella las cultivaba. “Él, que es de buen gusto”, le pidió que presentara un proyecto para llenar el campus de flores. Ella, que no sabía hacer proyectos, recibió ayuda, lo presentó, lo aprobaron y lo ejecutaron. Cuatro mil orquídeas fueron sembradas en los árboles que llenan de vida el campus.

Hoy florecen en los árboles, silenciosas y firmes, como una metáfora perfecta de ella misma. Por eso muchos que nunca la conocieron como profesora la llaman “la señora de las orquídeas”.

Pero a Lelia le da igual si le dicen así o profesora. Las dos la representan. Las dos le recuerdan la misma historia: que ser seria no es estar brava, que la rectitud también florece.

Un pedazo vivo de la historia universitaria

Hablar con Lelia, es abrir un diario histórico de la UTP: cuando los estudiantes tenían uniforme, cuando una mujer en pantalones podía causar que muchos salieran de clase a mirarla con asombro (eso lo protagonizó Bertha Balois, estudiante de Ingeniería Mecánica), cuando la universidad cabía alrededor de un pequeño árbol. “Eso es historia patria”, dice. Y tiene razón.

Es también la historia de una mujer que entró en 1967 sin imaginar que nunca saldría del todo. Que enseñó física, pero también enseñó carácter. Que soportó el machismo de la época sin dejar de ser ella. Que llenó de orquídeas los árboles para que la universidad respirara más bonito. Una mujer que, sin proponérselo, se volvió parte del campus: una raíz entre tantas. Una vida completa, hecha aquí, en la UTP.