Desde la Universidad Tecnológica de Pereira, el museólogo Julián Roa Triana lidera la construcción conceptual del Parque Museo Salado de Consotá, un espacio que busca narrar más de 10.000 años de historia a través del recorrido, la investigación y la memoria del territorio.








Comprender un territorio antes de proponer una institución de la memoria es la base de cualquier propuesta museológica. Bajo esta premisa, la Universidad Tecnológica de Pereira avanza en la creación del Parque Museo Salado de Consotá, un proyecto que articula ciencia, historia y experiencia para acercar a la ciudadanía a la memoria profunda de la región.
La creación de un museo inicia con una acción sencilla pero esencial: recorrer el espacio. “¿Cómo se hace un museo?, un museo empieza caminando. Lo primero que hicimos en este proyecto fue ir al lugar y recorrerlo varias veces. Fuimos con personal del Jardín Botánico de la universidad y del Laboratorio de Ecología Histórica, quienes nos ayudaron a entender el espacio”, relató el museólogo Julián Roa Triana.
Este ejercicio permitió construir una mirada más profunda del territorio. “Uno siempre llega a un lugar y no lo comprende; lo más importante es poder entenderlo antes de hacer cualquier acción. Cuando ya lo entendimos un poco más, empieza a aparecer la metodología: dibujar lo que se ha caminado, tanto de forma literal como metafórica”, añadió.


El proceso también se nutre de una base investigativa sólida. “Es revisar literatura, analizar más de 25 años de investigación que ha hecho la Universidad Tecnológica de Pereira con el Laboratorio de Ecología Histórica, el Jardín Botánico de la UTP, y con el proyecto de Historia, para luego conjugar todo en una propuesta que le sirva a la ciudadanía”, afirmó.
En este contexto, el Parque Museo Salado de Consotá se proyecta como un espacio vivo, pensado desde la experiencia del visitante. “Es un lugar pensado para que la gente pueda caminar tanto físicamente, como de forma simbólica: caminar en el pasado, en múltiples pasados, en distintas formas de comprender lo que ha ocurrido en este territorio”, explicó.
Con una extensión de aproximadamente 10 hectáreas, el lugar resume miles de años de historia regional. “Es un microcosmos que sintetiza lo que ha pasado en este territorio en los últimos 10.370 años, que es la datación más antigua de presencia humana encontrada en esta zona”, señaló.
Uno de los elementos centrales del relato es el río Consotá, cuya importancia histórica contrasta con su tamaño. “Es un río pequeño, de poco más de 40 kilómetros, pero su pequeñez no lo hace irrelevante. En un mapa del siglo XVII, elaborado por el cartógrafo holandés Blaeu, aparece en medio de grandes ríos como el Magdalena, el Cauca y el Atrato. Eso nos llevó a preguntarnos por qué estaba allí”, comentó.
La respuesta está en la sal. “Ese río es importante por la producción de sal, que en el pasado permitió la conservación de alimentos, el sostenimiento de comunidades y el establecimiento de pueblos. También está ligada a procesos complejos como la colonización europea sobre yacimientos que ya eran explotados en tiempos prehispánicos”, indicó.
Finalmente, el museólogo destacó el valor cultural del territorio como un punto de encuentro de la vida y la historia. “Estos territorios han sido focos de vida: han atraído animales y también a comunidades indígenas que vivieron alrededor de la sal. Aquí se encuentran los primeros registros de agricultura, es decir, el paso de sociedades cazadoras-recolectoras a comunidades organizadas. Todo esto surge de algo tan simple y, a la vez, tan poderoso como un manantial de sal en un pequeño río de las montañas de Risaralda”, concluyó.








