Su capricho se hizo realidad, crear Mecatrónica en la UTP. Es persistente con lo que se propone. Las barreras las convierte en oportunidades, lo aprendió con el trasegar de los años. Su niñez fue marcada por la violencia. Doña Bertha su madre entendió su sueño o lo lanzó para que lo conquistara.

Osiel Arbeláez Salazar llegó a la Universidad Tecnológica de Pereira en 1978 cargado de sueños y una historia marcada por la pobreza, la violencia y la resiliencia. Décadas después, no solo cumplió su meta de ser ingeniero, sino que creó uno de los programas más innovadores de la institución: Ingeniería Mecatrónica. Él es testimonio vivo de que el conocimiento transforma destinos.

De Argelia a Pereira

Nació en una vereda llamada El Jardín, en Argelia, Valle del Cauca, en una familia campesina que sufrió los estragos de la violencia. Perdió a su padre cuando apenas tenía un año y quedó al cuidado de su madre, doña Berta, junto a siete hermanos más.

Su infancia estuvo marcada por la escasez. “Parecíamos ocho pollitos detrás de una gallina”, recuerda. Su madre lavaba ropa, hacía arepas y alquilaba una habitación para sostener el hogar. Dormían varios hermanos en una misma cama, pero nunca faltó la disciplina ni valores.

Desde niño, Osiel,  mostró fascinación por la electricidad. Hacía experimentos en casa y quemaba fusibles con frecuencia. Mientras otros jugaban al trompo el yoyo, y con carritos, él se ensayaba haciendo la reparación del bombillo, o del toma corriente de la casa, soñaba con circuitos y cables. Se suscribió a cursos por correspondencia de escuelas norteamericanas para aprender los primeros conceptos de electricidad y electrónica. Aunque no tenía cómo pagarlos, buscaba cualquier forma de acercarse al conocimiento.

El sueño universitario que parecía imposible

Terminó el bachillerato becado y decidió presentarse a la universidad. Intentó primero en la Universidad del Valle, pero no logró el puntaje requerido. Simultáneamente se había inscrito en la Universidad Tecnológica de Pereira, donde fue admitido en Tecnología Eléctrica.

Ya con el pasaporte universitario en la mano tenía que enfrentar una nueva travesía, como sobrevivir en Pereira. Bertha, su madre, recordó que en esta ciudad vivía el padrino de Osiel y un primo del papá. Se presentaron donde el padrino y le negó la estadía en su casa. Tocaron la puerta del primo con pocas esperanzas porque el papá de Osiel había tenido un grave altercado hacía años y fueron sorprendidos con la disposición de su familiar, lo ayudó, lo acogió. Ya con ese obstáculo superado, era luchar por su sueño.

Llegó a la UTP en 1978. Era una universidad pequeña, con pocos edificios y vías destapadas, pero para él representaba el lugar donde podía cambiar su historia. Aunque su meta era estudiar ingeniería, asumió la tecnología como el primer paso.

Terminó la carrera en cinco semestres, trabajó desde muy joven y comenzó su vida de emprendedor, fundó Aceltrones, una empresa dedicada a reparaciones electrónicas. Se quebró dos veces. “En la universidad no nos enseñaban a ser empresarios”, reconoce. Sin embargo, esas caídas se convertirían en aprendizaje.

Docente antes de ser ingeniero

En 1985 dictó su primera clase en la UTP: Máquinas Eléctricas. Fue profesor de quienes años después serían referentes académicos de la institución. Desde el inicio entendió que enseñar implicaba más que transmitir conocimientos técnicos.

Posteriormente viajó a Bogotá, donde trabajó en una multinacional y dirigió proyectos de automatización industrial de gran escala, incluso antes de terminar su ingeniería en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Allí comprendió que el valor de una persona no está únicamente en el título, sino en su capacidad y compromiso.

“Mi jefe se enteró que yo solo era tecnólogo cuando me retiré de la compañía en la que había dirigido a ingenieros y a otros profesionales de trayectoria”, recuerda con una expresión de picardía.

Regresó a Pereira con el objetivo claro de cerrar su ciclo profesional donde todo comenzó.

El nacimiento de la Ingeniería Mecatrónica

A comienzos del año 2000, Osiel, ya vinculado nuevamente a la UTP, propuso la creación de un nuevo programa académico. La idea parecía una locura: integrar mecánica, electrónica, control e informática en una sola disciplina.

El rector de entonces, Luis Enrique Arango lo despacho con una expresión tajante: “Esa es una idea loca”. Semanas después lo llamó y le pidió que le explicara de que se trataba la propuesta a académica y desde entonces le pidió  que liderara la estructuración del proyecto. Viajó a Barranquilla para realizar una pasantía, consolidó el documento académico y logró que en 2006 se anunciara oficialmente el nacimiento del programa.

En agosto de 2007 inició Ingeniería Mecatrónica con 76 estudiantes. Hoy el programa cuenta con más de 600 estudiantes activos y más de 800 egresados, muchos de ellos empresarios, investigadores y profesionales en Europa, Estados Unidos y América Latina.

“Salvar muchachos, darles una oportunidad, eso es lo que vale”, afirma.

Empresa, enfermedad y renacimiento

El año 2007 fue su año apocalíptico que marcó su vida profundamente. Mientras nacía su hija y arrancaba el programa de Mecatrónica, le diagnosticaron cáncer. Fue uno de los momentos más difíciles de su existencia. Era la alegría de ver el inicio de su creación académica y la prolongación de su existencia y por el otro lado el cáncer, que para mucho es sinónimo de muerte.Osiel fue resiliente, se valió de sus dos alegrías y sus fuerzas se multiplicaron, logró superar el carcinoma completamente.

Ese mismo año nació también su empresa de baloteras neumáticas, desarrollada desde la universidad en alianza con entidades del sector de juegos de azar. Hoy, casi dos décadas después, continúa activa.

Para él, cada día es una oportunidad nueva. “La vida es muy corta, todos los días es como volver a nacer”, asegura.

Educar con humanidad

Además de ingeniero, Osiel cuenta con maestrías en instrumentación física y en tecnologías aplicadas a la educación con la Universidad Internacional de La Rioja, y un doctorado en educación en México. Está convencido de que quien enseña debe formarse en pedagogía.

Su mensaje a los docentes jóvenes es claro: comprender al estudiante antes de evaluarlo. Cree que la universidad es “el templo del conocimiento”, un espacio para formar personas antes que profesionales.

Actualmente continúa enseñando e incorporando temas como inteligencia artificial en sus clases, convencido de que el ingeniero del presente debe estar preparado para los desafíos tecnológicos del futuro.

Un legado que trasciende aulas

Ha sido reconocido como egresado distinguido y homenajeado por sus 18 años al frente del programa. Sin embargo, insiste en que los logros no son individuales.

“La universidad me lo dio todo”, afirma. Le permitió construir su hogar, formar a sus hijos y cumplir sueños que parecían inalcanzables en aquella vereda del Valle del Cauca.

Próximo a su retiro, tiene claro su plan: dedicarse a su familia y a su empresa. Pero su legado ya está consolidado en cientos de egresados y en un programa académico que nació de una idea persistente.

Osiel Arbeláez Salazar no solo creó la Ingeniería Mecatrónica en la UTP. Creó oportunidades. Y convirtió su propia historia de superación en inspiración para muchos.