Trabajaba en casa de una familia extranjera, con ellos conoció el profesor Ricardo Orozco Restrepo, quien después de algún tiempo, la llamó a trabajar en la UTP. De ese momento a la fecha pueden haber transcurrido por lo menos 36 años y siente cada día como si estuviera llegando.




Luz Mary Rivera no recuerda la fecha exacta en la memoria de su primer día en la UTP. Sabe que fue un septiembre. Tal vez en el 91 o tal vez en el 92. Los años se le confunden, pero el recuerdo permanece intacto. A la universidad se llega así muchas veces: no con una cifra precisa, sino con una historia que se va quedando.
Su llegada tuvo nombre propio: Ricardo Orozco, “fue mi ángel”, Mucho antes de ser rector o de ocupar cargos, era simplemente don Ricardo, el profesor al que ella conocía desde hacía años. Luz Mari había trabajado durante más de una década con una familia francesa. Allí cuidó niños, acompañó rutinas, construyó confianza. Y cuando esa familia regresó a Francia, dejó una recomendación clara: “si algún día pueden ayudarla, háganlo” le dijeron a Ricardo Orozco..
Luz Mary no olvidó nunca al profesor, ni a doña Piedad. Cada tres o cuatro meses los visitaba. Un sábado cualquiera, en la tarde, llegó como siempre. Ya había escuchado en las noticias que don Ricardo ya no era profesor sino el rector, pero eso no cambió nada: ella seguía visitándolos como de costumbre. Ese día, él le preguntó dónde estaba trabajando. Ella le contó que estaba en el Liceo Inglés, por Cerritos. Entonces él, casi como quien hace una propuesta sencilla, le dijo si no quería trabajar en la universidad.
Luz Mary se quedó mirándolo. Pensando. Dudando. El miércoles llevó la hoja de vida. El viernes ya estaba trabajando en la UTP. Así fue. Sin vueltas. Sin discursos.
Aprendió la universidad desde adentro
Cuando llegó, la universidad no era como ahora. Las oficinas quedaban hacia cerca de lo que hoy es Tesorería. Todo era distinto, más sencillo. Su hoja de vida la recibieron el propio rector y su secretaria, doña Cecilia. Luego pasó por las manos de Diego Osorio, de la doctora Luz Dary. Y así, sin darse cuenta, empezó a ser parte de esta historia.
La doctora Luz Dary la recibió con cariño y claridad: le explicó a qué hora debía entrar —a las seis de la mañana—, dónde tomar el bus amarillo (el de la UTP) en el centro, cómo llegar. Le explicó todo. Luego la enviaron a Medicina, arriba, donde Gloria Monsalve fue quien le mostró el camino, el oficio y el ritmo.
Desde entonces, su lugar ha sido el mismo: el primer piso de Eléctrica. Salones. Laboratorios. Oficinas. Baños. Espacios grandes, exigentes, que requieren cuidado diario. Un día se arregla por dentro, otro día por fuera. Todo limpio. Todo en orden.
Un oficio sin quejas ni molestias
Solo un miedo: que alguien se caiga cuando el piso está mojado. Por eso avisa, previene, cuida. Nunca cierra la puerta de los baños: piensa en la gente, en quien pueda necesitar entrar. Piensa siempre en los otros.
La universidad como casa
Luz Mary es de Supía, Caldas. Llegó a Pereira a los 16 años. Desde entonces, esta ciudad y esta universidad se le volvieron hogar. Aquí ha pasado casi toda su vida adulta. Aquí ha sido feliz.
Dice que ya tiene el tiempo de irse, pero no se decide. “aquí es muy bueno”, dice, con una sonrisa que no necesita explicación. La universidad es su casa. Aquí pasa el día entero. Aquí está tranquila.
La Universidad le dio todo
“La universidad me dio todo. Literalmente todo” y explica: Su casa, su carrito y lo más importante, la educación de su hija.
Su hija estudió Química en la UTP. Se graduó. Ese día, cuando le entregaron el diploma para que ella misma se lo diera, fue una de las mayores alegrías de su vida. Después vinieron más estudios: maestría en España, doctorado en México. Educación, siempre educación. Lengua de señas. Inglés. Vocación. Todo eso fue posible porque la universidad estuvo ahí.
Los momentos difíciles… y los otros
Luz Mary no recuerda grandes dificultades laborales. Nunca se ha metido con nadie. Nadie se mete con ella. Los cambios, los traslados, los ajustes, siempre los ha asumido con calma.
Una cirugía de corazón fue un momento duro: cambio de arterias coronarias, tres meses de incapacidad. Pero la universidad respondió con cuidado, acompañamiento y apoyo. Cuando regresó, pusieron a alguien que la ayudara durante un buen tiempo. No estuvo sola.
Los momentos alegres abundan: el trabajo estable, la tranquilidad, la certeza de tener con qué vivir. Y uno muy especial: el día que supo que había salido favorecida con un crédito del Fondo Nacional del Ahorro. Trabajaba entonces en la biblioteca. Le pidieron la cédula. Apareció en la lista. “La felicidad más grande”, dice. Y no exagera.
Los jefes, la gente.
Ha tenido muchos jefes. Y de todos habla bien. Don Gonzalo, La doctora Luz Dary, el ingeniero Orlando Cañas, El ingeniero César. De todos dice lo mismo: amables, respetuosos, humanos.
No tiene quejas. Solo agradecimiento.
Gratitud es lo que siente por la universidad. Piensa en el día en que le toque irse como pensionada, sabe que le va a doler. porque es casi toda una vida. Llegó a los 28 años. Hoy tiene 62. Todo está aquí. Los estudiantes, los compañeros, los administrativos, todos han sido parte de su camino.
Ha visto crecer la universidad
Luz Mari ha visto a la UTP transformarse. Vio construir edificios, laboratorios, facultades. Donde hoy está el Jardín Botánico antes había monte. Donde hoy hay aulas alternativas, antes no había nada. Vio levantarse Bellas Artes, Ciencias Ambientales, Mecánica, Deportes. Vio crecer los espacios. Y hoy la ve “elegantísima”.
Escucha a gente de otras universidades decir que nada como la Tecnológica. Que es amplia, hermosa, inmensa. Y ella asiente en silencio, porque lo sabe desde hace años.
Aquí Luz Mary Rivera ha pasado su vida. Aquí la ha construido con dignidad, con trabajo silencioso, ah y con una limpieza que va más allá de lo visible.








