En marzo de 2025, María Teresa Valencia Tabares cumplió 27 años de labores en la Universidad Tecnológica de Pereira. Hoy se desempeña como auxiliar administrativa en Medicina Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Salud, pero su llegada fue más un giro del destino que un plan calculado.

Una amiga le comentó que estaban recibiendo hojas de vida para un cargo en la oficina financiera. Como era tecnóloga en sistemas bancarios y le gustaba la contabilidad, pensó que era su oportunidad. Sin embargo, ese puesto ya estaba ocupado. Le ofrecieron, en cambio, una vacante en Medicina Comunitaria, y aunque no lo imaginaba, allí encontró su lugar. El Decano Álvaro Estrada, la entrevistó y le dio las pautas iniciales. Diego Osorio Jaramillo, jefe de personal de la época fue quien oficialmente le dio el visto bueno y la contrató. Al lunes siguiente comenzó su labor.

La primera etapa en Medicina Comunitaria fue larga y significativa por lo que aprendió de Sary Arango Gaviria: de 1998 a 2008. Luego hizo una pausa de seis años para ser a auxiliar administrativa en la decanatura de Ciencias de la Salud, hasta 2014, cuando regresó y desde entonces ha permanecido en el área. En ese recorrido trabajó junto a nombres claves de la facultad: Sary Arango, Juliana Buitrago, Samuel Trujillo, Guillermo Lagos y Martha Gallón.

De Sary aprendió mucho más que tareas administrativas. Cuando llegó, ella, su nueva Jefe, estaba en Cuba recibiendo un tratamiento médico, por lo tanto, recibía instrucciones del decano.

La expectativa de María Teresa era cuando llegara Sary. Las referencias que tenía de ella eran, que se trataba de una persona incansable y así le gustaba que fueran sus colaboradores y que todo lo quería ya, porque quería ver resultados en tiempo record. La otra característica de ella era que gestionaba proyectos de intervención donde podía ayudar al otro.

“Ella fue un referente para mí”, asegura María Teresa. Recuerda los proyectos sociales en cárceles, la campaña de donación de sangre, el trabajo en equipo durante el terremoto del Eje Cafetero.

“Lo más impactante fue cuando ocurrió el terremoto que impacto más a Armenia, cuando desde el Departamento de Medicina Comunitaria, ella trazó un plan de trabajo de asistencia y atención, hasta la facultad la convirtió en bodega y centro de acopio para donaciones. mientras nos dejaba trabajando aquí, clasificando las ayudas, haciendo sándwiches para llevar a los damnificados en el Quindío y para quienes estaban ayudando, ella prácticamente se fue a vivir al corregimiento de Quebrada Negra”. Esa vocación de servicio a la comunidad la marcó profundamente: “Lo que más aprendí de ella fue ayudar a la gente”.

Y ese legado lo asumió con entrega, ayudaba no solo en lo institucional. Con frecuencia gestionaba apoyos para los estudiantes más vulnerables: conseguía profesores que patrocinaban matrículas, transporte, uniformes o almuerzos en el galpón. Ella era el puente entre los jóvenes y la solidaridad de la comunidad universitaria. Hoy esa mediación ha disminuido, porque el contacto con los estudiantes es menor, pero el espíritu de servicio permanece intacto.

Sus recuerdos también incluyen lo que hoy parece parte de otra época: oficinas compartidas, computadores de disquete, impresoras de cinta cuyo sonido se escuchaba hasta el primer piso. Ahora todo ha cambiado con la tecnología, que aprendió a manejar “cacharreando”, en capacitaciones o con la ayuda de compañeros.

Cuando habla de la universidad, lo hace con afecto: “Alegría, felicidad. Nunca me da pereza venir a trabajar. Mi labor es muy bonita”. Sus hijas —Daniela, administradora de empresas y futura contadora, y Valentina, ingeniera mecánica formada en la UTP— son también parte de ese proyecto de vida que la universidad le ayudó a consolidar.

Ha visto crecer a la institución y celebra especialmente la riqueza del campus: caminar entre árboles y pájaros le parece un privilegio que no se debe dar por sentado. Para ella, la UTP es su hogar compartido, una casa linda donde ha crecido como persona y como funcionaria.

Su mensaje para las nuevas generaciones que llegan a prestar un servicio es claro: compromiso, amabilidad, reconocimiento al otro. “Hay que amar lo que uno hace, sea profesional o auxiliar, quererlo y así tratar bien a la gente”.

De cara al futuro, su sueño es sencillo y contundente: terminar bien su labor, jubilarse y disfrutar del descanso merecido.