Nacido en Manizales, pero con un profundo arraigo por Pereira y la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP), Julio Alberto Mejía Ospina proviene de una cuna de músicos. Heredero de la dirección del Coro Institucional, se ha destacado por una exigencia guiada por la convicción de que el talento debe moldearse con rigor, mientras que los modales y principios éticos imprimen cada escena de su vida profesional y personal.

Julio Alberto habla de una manera pulcra: con intención, claridad y ritmo. Ha sido así desde julio de 1994, cuando ingresó por concurso de méritos a la UTP, 32 años después de haber iniciado una trayectoria vital siempre ligada a las voces, las cuerdas y los valores familiares.

Formado en el seno de una familia de músicos y escritores, fue introducido desde muy temprano a esa disciplina que, sin saberlo, ya constituía su destino. A los nueve años recibió sus primeras lecciones de guitarra y tiple, bajo la tutela de un profesor particular contratado por sus padres para enseñar a los siete hermanos a interpretar pasillos, bambucos, danzas y valses.

“Eso fue siempre. Vengo de una familia musical… esa sensibilidad nace ahí.”

Posteriormente, ingresó a la Universidad de Caldas, donde integró la primera promoción de la Licenciatura en Música en 1991. Previamente había explorado otra carrera profesional en una institución privada, «pero el arte siempre me devolvía», confiesa. Entre 1991 y 1994 se desempeñó como docente catedrático en su alma máter, dirigió cursos de extensión y programas de recreación escolar, e impartió enseñanza en educación básica y media, hasta que su camino lo condujo definitivamente a la UTP.

La UTP de 1994: un sueño en construcción

A su llegada a Pereira, la Facultad de Bellas Artes y Humanidades funcionaba en el sector del parque Olaya Herrera, en el predio donde hoy se ubica la estación del Megacable. El maestro recuerda aquella sede —la cual sufrió graves afectaciones tras el terremoto de 1999— como un espacio modesto que albergaba únicamente dos programas: Artes Plásticas y Licenciatura en Música. A pesar de la distancia física, la vinculación con el campus central era constante: los estudiantes presentaban trabajos, asistían a jornadas institucionales y participaban activamente en capacitaciones. Todo se encontraba en pleno proceso de desarrollo.

Con el paso de los años, las disciplinas artísticas experimentaron una notable expansión: pintura, música, filosofía, la consolidación de la orquesta, grupos de cámara, nuevas líneas de formación, circulación cultural y un dinámico diálogo interdisciplinario. La UTP se transformó progresivamente en un escenario vivo donde la creación no solo se impartía en las aulas, sino que se exhibía y compartía con la ciudad y el país.

El coro: una semilla de fructífera cosecha

Cuando el maestro Mejía se vinculó a la institución, ya existía una agrupación coral incipiente coordinada por el maestro Héctor Romero. «Yo no lo creé —aclara—, sino que recibí ese valioso legado». La gran transformación sobrevino hacia los años 2004 y 2005, periodo en el que las asignaturas corales adquirieron un peso académico y curricular estratégico: técnica vocal, prácticas corales y ensambles de conjunto.

Con un número creciente de estudiantes y una mayor ambición artística, el grupo inicial trascendió su formato representativo para consolidarse como un gran coro universitario. Este avance sirvió como plataforma fundamental para el montaje de obras sinfónico-corales de gran envergadura, las cuales hoy forman parte del patrimonio e identidad cultural de la universidad.

El salto cualitativo fue significativo: integración con la orquesta sinfónica, abordaje de repertorios de la música universal, producciones de alta complejidad y proyección en escenarios locales, nacionales e internacionales. La actividad coral se convirtió, así, en un referente de excelencia para la UTP.

El maestro dentro y fuera del aula

Al intentar contabilizar cuántas personas han pasado por sus aulas y agrupaciones, el maestro prefiere no aventurar una cifra exacta. Han sido cientos, tal vez miles: estudiantes de música, docentes, personal administrativo, egresados, integrantes de la comunidad externa, jóvenes de otras universidades y apasionados del arte vocal. No obstante, resalta con especial conmoción el impacto transformador de la música en quienes no pertenecen a las carreras de la Facultad de Bellas Artes.

“Estudiantes de ingeniería, medicina o sistemas llegan al coro sin conocimientos previos y salen completamente transformados.”

Esos mismos jóvenes multiplican lo aprendido: integran la música a sus entornos familiares y laborales, fundan nuevas agrupaciones y transmiten valores cívicos y humanos. Paralelamente, la formación de públicos representó otro logro sustancial. Hace quince años, un concierto sinfónico-coral congregaba a una audiencia reducida; hoy en día, la universidad debe programar hasta tres y cuatro funciones consecutivas para atender la demanda de un público predominantemente joven.

“Ver eso… por Dios, es alimento para el alma.”

El artista y la exigencia pedagógica

En el escenario, la emoción suele conmoverlo profundamente; sin embargo, en el espacio del ensayo prima el carácter: riguroso, firme y disciplinado. Aunque es una persona empática y afable, exige el máximo compromiso a sus estudiantes. Considera la disciplina como la base de cualquier logro artístico perdurable, promoviendo de manera constante el cumplimiento, la preparación impecable y los modales.

Sostiene que los valores fundamentales provienen del hogar: respeto, honestidad y puntualidad, a los cuales ha sumado con los años la tolerancia y la discreción. La contingencia de la pandemia representó un hito transformador que lo obligó a reinventar sus metodologías y adaptar la enseñanza a nuevos entornos, sin abandonar los principios esenciales de su labor docente. Lo único que no tolera en ningún contexto es la falta de verdad: «Todo se puede concertar y corregir —afirma—, menos la mentira y el engaño».

Transformación del perfil estudiantil

A lo largo de más de tres décadas, el maestro ha observado cambios significativos en los estudiantes que ingresan a la universidad. Mientras en los años noventa el alumno solía ingresar con una vocación claramente definida, en la actualidad muchos jóvenes llegan en búsqueda de orientación personal y profesional. Lejos de verlo como un obstáculo, lo asume como un reto pedagógico y una oportunidad para desarrollar nuevas estrategias de acompañamiento que les permitan descubrir sus fortalezas y orientar su proyecto de vida.

Un vínculo indisoluble con la UTP

Al reflexionar sobre el significado de la Universidad Tecnológica de Pereira en su trayectoria, expresa con convicción:

“Es la institución más hermosa del mundo. A ella le debo todo; la amo con todo mi corazón.”

Su entrega se evidencia en los frutos entregados a la institución: profesionales de alto nivel, directores de coro, docentes formados en valores, dinamización de la vida cultural y un legado pedagógico que trasciende las aulas universitarias para proyectarse en escuelas y comunidades de la región.

A su vez, manifiesta una profunda gratitud hacia la universidad por brindarle la oportunidad de ejercer su vocación con pasión, al tiempo que la experiencia institucional le ha otorgado madurez, serenidad y templanza docente.

El hombre detrás del maestro

En el ámbito personal, conserva una estructura familiar tradicional basada en la rectitud y la unión. Perteneciente a una familia de siete hermanos (hoy seis), mantiene vivos los valores heredados de sus padres, los cuales continúan transmitiéndose a las nuevas generaciones.

Ante la constante disyuntiva entre sus raíces en Manizales y su vida en Pereira, responde con una sonrisa sincera: «Mi verdadero hogar es la Universidad Tecnológica de Pereira».

Con una nueva jornada académica a punto de comenzar, las voces de los estudiantes empiezan a resonar en el recinto. El maestro toma aire para dar inicio a la sesión con la misma devoción de sus primeros años: mientras Santiago lidera los ejercicios de calentamiento vocal, Julio Alberto se sienta al piano, sumergiéndose en las notas de una melodía plenamente realizada.