Nacido en la Línea, vereda entre Apia y Pueblo Rico. En su niñez tener zapatos era un lujo. Quiso ser odontólogo o economista, pero una enciclopedia lo enamoró de la fotografía. Hace 39 años es docente de la UTP y documentalista de largo aliento.
Rodrigo Grajales ya ha ganado premios nacionales e internacionales. Sus fotografías han aparecido en medios internacionales y los más importantes de Colombia. Su sensibilidad por las causas sociales es única.






Es un privilegiado de la vida, todo lo que hace mueve sus pasiones. Sus aspiraciones no son atesorar dinero, son coleccionar hechos que ayuden a transformar la sociedad. Así lo ha podido hacer desde cuando decidió buscar una carrera donde estudiar fotografía y le tocó aprenderlo de manera empírica y desde cuando Virginia Arisizabal su profesora, lo enamoró de la docencia.
En su conversación aparecen los rostros, las montañas, las comunidades indígenas, los estudiantes, la memoria, el dolor y la esperanza, la historia, la cultura, como si todo hiciera parte de una misma imagen revelándose lentamente en el cuarto oscuro de la existencia.
Cuando recuerda sus primeros años, vuelve inevitablemente a aquella época en la que coincidió con Javier Ovidio Giraldo en el diario La Tarde. “Usted era un niño, yo era un poquito más grande”, dice entre risas, evocando aquellos días en los que ambos empezaban a descubrir el oficio periodístico, mientras Pereira todavía tenía algo de pueblo grande y los sueños parecían navegar en un barquito de papel.
En ese momento Rodrigo aún no se graduaba. Era estudiante de la licenciatura en Español y Comunicación Audiovisual de la Universidad Tecnológica de Pereira, institución a la que llegó en 1983 y de la que prácticamente nunca se ha ido.
“Yo siempre dije desde que era estudiante: la vida en la universidad es tan buena que yo nunca me voy de la universidad”, ¡Y cumplió!.
Desde 1987 tiene su vínculo laboral en la UTP. Su primer contrato fue en el antiguo Centro de Recursos Educativos CRE. Luego llegó la docencia por cátedra, y luego como docente transitorio, los proyectos académicos y, años después, la dirección académica del diplomado en fotografía, uno de los espacios de formación más reconocidos de la región.
Pero antes de la fotografía hubo otras posibilidades.
“Yo inicialmente quería ser odontólogo”, cuenta. También pensó en estudiar economía. Hasta que un día un hermano compró una enciclopedia de fotografía. Rodrigo abrió el primer fascículo y leyó la frase de un fotógrafo inglés que decía haber escogido un oficio en el que sentía que nunca estaba trabajando. “Ese día dije: eso es lo mío”.
La decisión fue inmediata. El problema era que nadie enseñaba fotografía. El conocimiento técnico se guardaba casi como un secreto. Entonces encontró que el programa de Tecnológica tenía una licenciatura donde se veía fotografía… aunque apenas en cuarto semestre.
“Y yo no iba a esperar tanto”. Compró una cámara, montó su propio laboratorio y comenzó a aprender solo. Revelar fotografías se convirtió también en revelarse a sí mismo.
Cuando finalmente llegó a las clases de fotografía ya dominaba muchos procesos técnicos. La profesora Virginia Aristizábal lo entendió rápidamente y entre los dos daban la clase.
“Ella me dio mucha confianza. Y cuando alguien confía en uno, uno también empieza a amar lo que hace”.
Años después, Rodrigo sigue hablando de ella con gratitud. Tal vez porque comprendió que enseñar no consiste solamente en transmitir conocimientos, sino en ayudar a que otros crean en sí mismos.
Su niñez campesina
Rodrigo nació en la vereda La Línea, entre Apía y Pueblo Rico. Su memoria está hecha de neblina, caminos largos y frío de montaña.
“Siempre digo que allá los días duran ocho horas”.
La frase parece literaria, pero es verdad. La neblina subía en la mañana desde el Chocó y cubría temprano el paisaje y en la tarde bajaba lentamente, oscureciendo el paraje mucho más temprano. Desde niño caminaba dos horas para ir a la escuela y otras dos para regresar. Lo hacía descalzo y solo.
“En esa época, tener zapatos era un lujo, solo se ponían cuando se pasaba al bachillerato”.
Ese origen campesino terminó marcando toda su sensibilidad humana y artística. Hoy vive en el Corregimiento de La Florida y sigue sintiéndose profundamente ligado al campo. Su trabajo documental con comunidades campesinas e indígenas nace precisamente de esa conexión temprana con la tierra.
“He trabajado con ocho pueblos originarios de Colombia”. Tiene una enorme conexión con Los Wayuu, Misak, Yanaconas, Emberá, Kankuamos y Kogui, entre otros. Habla de ellos no como “objetos de estudio”, sino como familias extendidas.
“Con los Misak soy familia. Con los Kankuamos soy padrino de un niño. En Marmato me nombraron ciudadano marmateño”.
La palabra familia es gigante para él, todo lo que lo rodea y las relaciones que construye en todos los campos se convierten en familia. Aunque detalla que tiene 6 hermanos y es padre adoptivo de 3 niñas.
Su llegada a la ciudad





La Pereira que encontró al llegar desde el campo también transformó su mirada.
Recuerda una ciudad que estaba dejando atrás sus viejas casas de colonización antioqueña, mientras surgían edificios, bancos y nuevos barrios. Pereira cambiaba rápidamente impulsada por la bonanza cafetera y dineros de otros orígenes..
“Pinares prácticamente no existía. Eran barrancos y potreros”, recuerda.
De la universidad recuerda que no eran más de dos mil estudiantes y que tampoco se tenía la abundancia estructural con la que hoy cuenta. “Para iluminar teníamos que hacer de un tubo y un bombillo la mejor lámpara”.
Mientras la ciudad se transformaba, Rodrigo estudiaba y trabajaba para sostenerse. La universidad pública, dice, le permitió acceder a un mundo que de otra manera habría sido imposible.
“Yo me autofinanciada completamente, aunque por mi rendimiento académico me congelaron el pago de semestre”.
Por eso habla de la educación pública con una mezcla de gratitud y convicción política. No desde el partidismo, aclara, sino desde la defensa de la dignidad humana.
“La línea ideológica es estar del lado de quienes son víctimas de una injusticia”. Esa idea terminó definiendo su trabajo como fotógrafo documentalista.
De fotógrafo a documentalista de largo aliento
Hubo una época en que Rodrigo Grajales era quizá el fotógrafo publicitario más reconocido de Pereira. Hacía campañas, catálogos, vallas, manejaba una agencia de modelos y producía mucho dinero. Pero no se sentía pleno, no era feliz.
Un día lo aterrizó el lugar que le daban a sus creaciones “Todos esos catálogos terminaban en el tarro de la basura”, reconoció. Es que el impacto de su labor era fugáz. A eso le sumó la reflexión que le hizo una amiga que llegó de Bogotá como curadora. “Rodrigo si sigues haciendo de todo, no haces nada. Te tienes que enfocar”.
La frase le cayó encima como una revelación dolorosa. Entonces tomó una decisión radical: cerró la academia, cerró la agencia, dejó la publicidad, regaló muchas de sus pertenencias y pasó de vivir en una casa de 220 metros cuadrados a una de 21.
“La única manera era soltar todo para empezar de nuevo”. Y empezó de nuevo.
Con el tiempo maduró el periodismo gráfico y documental en líneas como: conflicto armado, megaminería, problemáticas medioambientales, pueblos originarios y acompañamiento a organizaciones sociales.
Su primer paso, cuando fue a documentar corteros de caña, en la Virginia Risaralda, ahí sintió esa conexión. Harold Giraldo ha sido uno de sus aliados para lo que siguió. Reportajes en el Cauca, la Guajira, Amazonas, Chocó, Caldas y Risaralda. Ahí empezó su verdadera vocación por el trabajo periodístico por la memoria, por lo testimonial y lo documental.
“Llevo veinte años documentando el fenómeno de la minería en Marmato, primero en su forma artesanal y ahora con la megaminería. 16 años con la asociación de familiares de víctimas de Trujillo Valle. Documentando todos esos procesos de resistencia social. También 16 años con la comunidad Misak, documentando sus dinámicas culturales. 6 Años trabajando con los Wayuu en el sur de la Guajira en su lucha por el despojo de las tierras con el cerrejón”, ha sido un trabajo apasionante, dice. “Eso es memoria”.
La docencia tampoco volvió a ser la misma. Rodrigo no cree en el profesor que llega, dicta clase y se va. ¡Cree en la mentoría!.
“Las universidades deberían tener como política institucional las mentorías”. Lo dice convencido. Y lo practica.
Muchos de los fotógrafos y documentalistas jóvenes más reconocidos del Eje Cafetero pasaron por sus clases o por sus procesos de acompañamiento. Entre ellos integrantes de Baudó Agencia Pública y Vladimir Encina, el joven fotógrafo que ganó el premio Simón Bolívar y luego fue reconocido en el World Press Photo.
Rodrigo recuerda perfectamente aquella imagen tomada durante un desalojo en Puerto Caldas. “Le dije: esa foto es icónica”. No se equivocó y fue premiada.
Aunque ha recibido numerosos reconocimientos —Premio Nacional de Patrimonio Cultural, varios premios regionales de periodismo Hernan Castaño Hincapié y múltiples exposiciones—, cuando habla de logros casi nunca menciona los propios. Prefiere hablar de transformaciones colectivas.
Habla del trabajo con comunidades Wayuu que ayudó a visibilizar la defensa del río Ranchería y del acompañamiento a las víctimas de Trujillo. De la memoria como una forma de resistencia.
“Si lo que yo hago no le sirve a la comunidad, no me puede servir a mí”.En esa frase parece resumirse toda su filosofía de vida.
También ha conocido el miedo.
Ha trabajado en territorios controlados por paramilitares y guerrillas. Ha recibido amenazas y ha estado en riesgo.
Se le corta la voz cuando recuerda el proyecto 342, que se refiere al número víctimas de la masacre de Trujillo, iba tomar las fotos con unos niños en una zona controlada por paramilitares, donde habían laboratorios y donde hay fuerzas comunes “Me dijeron: tienen diez minutos para tomar las fotos porque usted sabe lo que le pasa si sigue acá”.
En otra ocasión casi muere ahogado durante un trabajo periodístico en el Chocó, una zona controlada por el ELN. Era el gobierno del presidente Santos y aunque había tregua, estaba con un bloque que no estaba de acuerdo con el cese al fuego, había riesgo de enfrentamientos porque en la zona estaba el ejército y el grupo guerrillero los podía atacar por desconocidos, y el ejército por confundirlos con la guerrilla. Sin embargo el otro riesgo era natural, “casi morimos ahogados porque íbamos hacia el Tamaná, en el lado del Chocó, en una barquita sin mucha potencia, por un río no navegable y tuvimos un incidente muy riesgoso”.
Pero incluso en medio de esos escenarios sigue defendiendo la necesidad de acercarse al otro desde la humanidad.
“La cámara puede ser muy despiadada”. Por eso insiste tanto en el vínculo humano, en reconocer al otro más allá de los prejuicios.
La UTP en su vida
Cuando habla de la Universidad Tecnológica de Pereira su voz cambia. Hay orgullo, afecto y agradecimiento.
“La universidad es donde sucede la vida”. Después de más de cuatro décadas caminando el campus, todavía entra y siente felicidad. Habla de los jardines, de los auditorios, del Jardín Botánico, de los estudiantes que llegan desde distintos lugares y encuentran allí posibilidades que antes parecían imposibles.
“Sin la universidad no sería posible todo lo que yo hago”.
Quizá por eso nunca se fue del todo. Porque entendió que enseñar fotografía no era solamente explicar cómo funciona una cámara o cómo se compone una imagen. Era acompañar personas. Construir comunidad. Ayudar a mirar el mundo de otra manera.
Y tal vez por eso, cuando uno se lo encuentra tomando café, conversando con estudiantes o caminando por la universidad, casi siempre está sonriendo.
“No sé si realizado”, dice él, “pero sí soy muy feliz”.








