Es oriundo de Buenaventura. Su sueño era estudiar Ingeniería Mecánica y se encontró con la UTP. Se siente orgulloso de haber conocido a Jorge Roa Martínez. Eduardo Santos es más conocido por su apodo “Cherry”. La docencia y el fútbol son sus pasiones.





Si alguien pregunta hoy por Eduardo Santos en los pasillos de la Universidad Tecnológica de Pereira, seguramente muchos guardarán silencio. Pero basta mencionar el nombre de Cherry para que aparezcan las sonrisas, las historias y los recuerdos. “Cherry de Mecánica”, como todavía lo llaman quienes compartieron con él salones, talleres, partidos de fútbol y décadas enteras de universidad.
Eduardo Santos “Cherry”, se hizo famoso en la UTP por el fútbol. Armó uno de los primeros equipos de profesores y luego dejó ingresar a uno que otro administrativo.
Su historia con la UTP comenzó aproximadamente en 1964, cuando llegó desde Buenaventura con una idea fija en la cabeza: estudiar Ingeniería Mecánica. Venía de graduarse del colegio Pascual de Andagoya, incluso con medalla de honor como bachiller, pero también con la incertidumbre propia de quien sale de casa buscando futuro.
En realidad, su sueño inicial estaba mucho más lejos. Tan lejos como Moscú. “Averiguando por todo el país cuáles universidades ofrecían Ingeniería Mecánica se me corrió la frontera y me encontré con la Universidad Patrice Lumumba de Moscú”, recuerda. Pero el destino —o quizás la insistencia de un sacerdote— terminó trayéndolo a Pereira.
En Buenaventura conoció a monseñor Gerardo Valencia Cano, quien al enterarse de sus intenciones de viajar a Rusia, le cambió los planes. “Me dijo que en Colombia había universidades tan buenas como la Patrice Lumumba”, cuenta Cherry. Le habló de la Universidad Industrial de Santander y de una universidad joven que apenas comenzaba a abrirse camino entre las montañas cafeteras: La Universidad Tecnológica de Pereira.
Cherry asegura que nunca supo exactamente cómo terminó inscrito en la UTP. “Yo me inscribí a la UIS, no a la Tecnológica… pero aparecí inscrito acá”. Sospecha que detrás estuvo un hermano suyo, rector del Instituto Técnico Superior de Pereira. Lo cierto es que llegó y se quedó para siempre.
El rector que sembraba árboles
Hablar con Cherry es viajar a la universidad de los primeros años. A aquella UTP pequeña en la que todavía era posible cruzarse diariamente con el rector Jorge Roa Martínez caminando por los pasillos del edificio número uno.
“A diario tuve la fortuna de conocer a tan ilustre persona”, dice con tranquilidad. Lo recuerda como un hombre sencillo, cercano y cálido. “Una persona totalmente accesible, con la cual se podía dialogar sin problema y sin tapujos”. No eran conversaciones largas. Roa estaba siempre ocupado en sus labores de rectoría, pero se detenía a saludar a los estudiantes y a animarlos a convertirse en profesionales.
Cherry todavía conserva imágenes muy vivas de aquella época. Recuerda a Jorge Roa madrugando en los corredores, observando la llegada de los estudiantes, pero también dedicado a otra de sus grandes pasiones: la jardinería.
“Él sembró los árboles que en este momento están en la universidad… los árboles gigantes que están en el parque de los sapos. Todos los sembró él”.
Y también recuerda una de las historias que mejor retratan el carácter visionario del fundador de la UTP. Cuando la Facultad de Ingeniería Mecánica necesitaba maquinaria para sus talleres, Roa viajó sin avisarle a nadie y regresó con los equipos.
“Él hizo un trueque con café donado por la Federación de Cafeteros, y con eso consiguió traer la maquinaria a la Universidad”. Así nació buena parte del taller de mecánica que décadas después seguiría formando ingenieros.
Una empanada y una gaseosa
Pero detrás de la historia universitaria de Cherry hay otra mucho más dura. Una marcada por la escasez. “Mi vida como estudiante fue traumática”, admite. La razón era simple: no tenía dinero.


Aunque en aquellos años muchas cosas parecían más económicas, para un joven que llegaba desde Buenaventura sostenerse en Pereira resultaba muy difícil. Por eso se convirtió casi durante toda la carrera en monitor de diferentes áreas: mecánica, maquinaria, diseño, corte de metales y resistencia de materiales.
En aquella época, ser monitor no era simplemente ayudar en clase. “Era como ser profesor”, explica. Había que presentar exámenes y demostrar dominio absoluto de la materia. Cherry siempre los ganaba. Pero aun así la plata no alcanzaba.
Y entonces aparece una de esas imágenes que resumen toda una época y toda una lucha. “Hubo épocas en las que desayunaba con una empanada y una gaseosa”.
—¿Y qué almorzaba?
“Nada”.
—¿Y la comida?
“Nada. La pasaba todo el día con una gaseosa y una empanada”. Y aun así se graduó.
Los amigos que le salvaron la carrera
La situación económica llegó a ser tan difícil que tuvo que suspender la universidad durante un año. Se fue a trabajar como profesor a Cisneros, un pequeño pueblo cercano a Buenaventura.
Allá daba clases sin haberse graduado todavía. Pensaba quedarse trabajando, pero desde Pereira ocurrió algo que jamás olvidaría. Sus amigos de universidad, al darse cuenta de que no regresaba, decidieron reunirse y ayudarlo, sin preguntarle. “Se tomaron la molestia de agruparse y hacerme la inscripción a los nuevos semestres”. Después lo llamaron para decirle que entre todos lo iban a sostener.
Cada uno asumió una responsabilidad distinta. “Uno el desayuno, otro el almuerzo y otro la comida”. Cherry habla de ese episodio con una mezcla de gratitud y nostalgia. Porque entiende que no fue solamente solidaridad estudiantil, fue amistad verdadera. Gracias a eso pudo regresar y terminar su carrera.
El ingeniero al que el destino devolvió a la UTP
Después de graduarse buscó trabajo en grandes empresas. Pasó procesos de selección en La Rosa y en Puertos de Colombia. Incluso llegó a Bogotá recomendado por dirigentes liberales de Buenaventura para hablar directamente con Julio César Turbay Ayala.
Duró tres meses intentando conseguir una cita. Cuando finalmente lo logró, Turbay le entregó una tarjeta dirigida al gerente de Puertos de Colombia y consiguió que lo nombraran para un cargo en Buenaventura. Pero la política volvió a atravesarse. “Me enredaron el nombramiento”, cuenta. Cuando logró averiguar qué había sucedido, ya lo habían declarado insubsistente.
Entonces regresó a Buenaventura a trabajar en el Instituto Técnico Industrial. Y justo allí, cuando parecía que la vida tomaba otro rumbo, la UTP volvió a aparecer.
Vino a una convención de egresados y uno de sus antiguos compañeros le sugirió dejar la hoja de vida en la universidad. La entregó en formato Minerva, con foto tomada en el parque de la Libertad.
“Al mes me llegaron tres marconis donde me declaraban nombrado profesor de la Facultad de Ingeniería Mecánica”. Cherry no lo podía creer. Después de tantas puertas cerradas, aquella oportunidad aparecía sin recomendaciones ni favores políticos.“Con lo que me había pasado ya era muy incrédulo”. Pero era cierto. Y cuando llegó a Pereira descubrió que llevaba mes y medio nombrado.
Un colchón prestado y las primeras clases
Sus primeros días como docente también fueron difíciles. “Conseguí que un amigo me prestara un cuarto, un colchón y ahí preparaba clases”. Ya estaba casado y tenía dos hijos, pero primero tuvo que acomodarse él antes de traer a su familia.
Comenzó dictando Diseño de Elementos de Máquinas y Mecánica de Maquinaria. Y poco a poco se convirtió en uno de esos profesores que terminarían haciendo parte de la memoria colectiva de la universidad.
Durante décadas enseñó materias relacionadas con sólidos, mecanismos, resistencia de materiales y diseño. Después llegaron las especializaciones, los estudios en México y en Instrumentación Física en la misma UTP, pero sobre todo llegaría una vida completa dedicada a enseñar.
“Todo lo que tengo me lo ha dado la universidad”, afirma. Y no es una frase de cortesía. La universidad le permitió criar a sus cinco hijos, todos profesionales: dos médicas, un arquitecto, un ingeniero de sistemas y un ingeniero civil. “La UTP me dio todo, y peleo por ella”.
Cherry para siempre
Su apodo nació mucho antes de llegar a Pereira. Jugando béisbol en Buenaventura, algunos amigos aseguraban que su estilo se parecía al de un jugador norteamericano cuyo nombre incluía el de Cherry. Y así se quedó. Con ese nombre convocaba a los partidos de uno de los primeros equipos de fútbol de profesores de la universidad y hasta salió campeón.
Hoy, aunque ya está pensionado, sigue visitando la UTP casi todos los días. Maneja la tesorería de la Asociación de Profesores, conversa con antiguos compañeros y continúa recorriendo los espacios que terminaron convirtiéndose en parte de su vida.
“Ese es mi destino. Es mi casa y uno siempre va a su casa”. Y quizás ahí está la mejor definición de lo que ha sido Cherry para la Universidad Tecnológica de Pereira y de lo que esta ha sido para él: una casa construida entre esfuerzos, amistades, talleres, clases, partidos de fútbol y sueños que alguna vez comenzaron con una empanada y una gaseosa.








