Cuando alguien llega a la oficina de Control Interno y pregunta por la secretaria, y no la encuentra, está él. Hace 20 años llegó a la UTP, buscaba trabajo y solo había vacante para auxiliar administrativo. Desde entonces se ha ganado el cariño de todos en esa dependencia, y también de otras. Hasta se convirtió en mensajero para ampliar el alcance de la oficina de Control Interno.

Julio César Rodríguez llegó a la UTP en el 2004, no imaginó que ese ingreso —primero por empresa temporal, luego como transitorio— se convertiría en una permanencia de 21 años, casi la mitad de su vida adulta. “Éramos solo dos hombres secretarios en toda la universidad”, recuerda con una sonrisa, es que recuerda la cara de sorpresa de quienes entraban a Control Interno preguntando por “la secretaria”. Él era el secretario. Y ese pequeño quiebre de estereotipo, que al principio llamaba la atención de algunos, terminó dándole carácter y sentido a su oficio.

Su llegada a Control Interno también tuvo algo de sorpresa. El cargo no existía. Se creó un concurso, lo ganó, y desde entonces ha sido la cara cotidiana, cercana y amable de una dependencia que suele despertar cierta prevención. Quizá por eso, porque sabe que en ocasiones la gente se inquieta cuando llega alguien de Control Interno, Julio aprendió a entrar primero con una sonrisa. “Entremos suave, hagamos amigos”, dice. Y le funciona.

Al principio, además de secretario, se convirtió en mensajero y eso tuvo un sentido estratégico, construir relaciones amigables, cercanas y desprevenidas. “Como la oficina despierta prevención, yo llegaba con la correspondencia que desde la dependencia se debía entregar, en otras, y eso me permitía generar confianza, facilitar conversaciones y luego que me preguntaran cosas relacionadas con la oficina”. 

Su historia laboral antes de la UTP tiene algo del paisaje económico de la región de esa época: trabajó ocho años en Cigarrería Playa, ya desaparecida, y posteriormente tres años en Textiles Omnes —“La empresa entró en ley 550 y muchos nos quedamos sin empleo”— “No es que tenga mala espalda” — dice entre risas. En esa época muchas empresas se cerraron”. 

Julio es hijo de padre boyacense y madre barranquillera, nacido y criado en Pereira, encontró en la UTP una estabilidad que nunca antes había pensado ni había tenido. Y encontró, sobre todo, un lugar donde su manera de ser podía florecer.

Aunque estudió mercadotecnia, la vida lo llevó a donde hoy está. Y ahí hizo lo que un buen mercadólogo hace: vender la imagen. Fue él quien empezó a caminar la universidad con los memorandos bajo el brazo, a tramitar documentos personalmente, a entregar cara a cara y pedir la firma de recibido. Su argumento era sencillo y certero: un día por la vía de la mensajería interna, o veinte minutos haciéndolo él mismo. Esa era una caminada diaria —que hoy recuerda con cariño— terminó dándole visibilidad a la oficina y, al mismo tiempo, un lugar en la memoria institucional.

Con el tiempo, el auxiliar administrativo del 2004 se convirtió en el funcionario de 2026 que domina aplicativos, procesos, auditorías, y tecnologías que entonces ni existían. 

Julio, el secretario, también ha vivido alegrías profundas: sobre todo, las que le ha dado el fútbol, su pasión. Jugó en el equipo de fútbol por varios años y representó a la universidad en distintos campeonatos nacionales en los que ha ganado cuatro títulos nacionales y dos subcampeonatos con Ascún Deportes. Hoy hace parte de la selección mayores de 45 años, considera el equipo como una hermandad. “Es que la imagen de la UTP también pasa por lo deportivo”, dice con el mismo orgullo con que menciona los trofeos que guarda.

De la universidad le gusta todo. Las personas, sobre todo. “Aquí uno pasa más tiempo que en la casa, dice; entonces esto se vuelve una segunda familia”.

Julio ha visto crecer la UTP: las salas magistrales, el teatro de Bellas Artes, la modernización de las zonas deportivas, las piscinas, edificios que antes no estaban y ahora hacen parte del paisaje, los edificios 13 y 15, las aulas alternativas, la facultad de Ciencias Agrarias. “Ha crecido el doble”, afirma. Pero también ha crecido él. Llegó sin saber mucho de Control Interno y hoy es —lo dice con humildad, pero también con orgullo— “un soporte importante para la jefa”, Sandra Yamile, quien ha confiado en él para la formación como auditor, para asumir inventarios, para orientar procesos y sostener la memoria operativa de la oficina.

Cuando se le pregunta qué significa la UTP, no duda: “Es un todo. Me ha dado crecimiento personal, profesional y moral. Le debo mucho a la universidad.” Y en esa frase está su trayectoria completa.

Su sueño es claro: pensionarse aquí, y, si se puede, seguir vinculado desde donde lo permitan —la parte deportiva, la logística, el acompañamiento. “No me quiero desvincular”, señala.

Julio César Rodríguez Florez lleva 21 años en la institución. Y sí, como él mismo menciona, tiene puesta la camiseta de la UTP. No como una consigna, sino como un modo de habitar la vida.