En la ceremonia de grados de hoy, entre los aplausos que llenan el auditorio y las miradas orgullosas de cientos de familias, hay una historia que late más fuerte. Una historia que no empezó en un salón de clases, sino en las calles de Pereira, hace 23 años, cuando Martha Emilce Franco llegó desde Chinchiná buscando oportunidades laborales sin imaginar que, décadas después, la vida la traería de regreso a un sueño que había guardado en silencio: estudiar en la Universidad Tecnológica de Pereira.




Martha vendía productos tienda a tienda. Caminaba barrios enteros, golpeaba puertas, conversaba con la gente. En esas rutas diarias pasaba frente a la UTP y algo en ella se encendía. “Yo siempre quise estudiar aquí”, recuerda. Pero primero vinieron los hijos, el trabajo, las responsabilidades. Su hijo mayor ingresó a la universidad, se graduó, y ella seguía con ese deseo guardado, intacto, esperando su momento.
Ese momento llegó de la forma más inesperada: un accidente laboral que la dejó en silla de ruedas.
El golpe no fue solo físico. Fue emocional, económico, vital. Pero en medio de la incertidumbre, Martha tomó una decisión que cambiaría su historia: “Hay que hacer algo. Yo quiero estudiar. Yo quiero seguir aprendiendo”. Y así, desde la vulnerabilidad, nació una fuerza nueva.
“Yo pensé que no duraba ocho días”, confiesa entre risas. Pero pasaron ocho días, luego ocho semanas, y cuando quiso darse cuenta, ya estaba avanzando semestre tras semestre, venciendo miedos, aprobando materias, enfrentando cálculos que no veía desde el bachillerato. “Es un reto grande, pero uno lo va superando”, dice con la serenidad de quien ha aprendido a caminar la vida desde otra perspectiva.
Entrar a la universidad no fue sencillo. La UTP, aunque comprometida con la inclusión, aún tenía retos en infraestructura. Pero Martha encontró manos tendidas: el director del programa, Carlos Andrés Botero, los docentes y compañeros que la apoyaron, profesores que reportaban de inmediato cuando un salón no era accesible. Le entregaron llaves, le adaptaron espacios, le abrieron caminos. Y ella, con una mezcla de timidez y determinación, empezó a recorrerlos.
Su ingreso a la UTP también tuvo su propio giro inesperado. La primera vez que se inscribió, no pasó. Se desanimó. Días después, camino a una cita médica, llegó la noticia: había sido admitida. “Me dio susto y alegría al mismo tiempo”, recuerda. Ese día entendió que la vida, incluso en sus momentos más duros, también sabe abrir puertas.
Hoy, Martha se gradúa como Tecnóloga Industrial, un campo que conoce desde su experiencia en ventas, logística y producción. Pero no se detiene ahí: ya cursa Administración Industrial en horario nocturno y sueña con una especialización en logística. La edad no la frena. La silla de ruedas tampoco. “La edad no me ha impedido seguir soñando”, dice con una sonrisa que ilumina.
Su historia no solo la transformó a ella. Transformó a otros. Compañeros jóvenes que la veían llegar a clase, enfrentar dificultades, insistir, avanzar. Una estudiante se le acercó un día y le dijo: “Si usted puede, yo también puedo”. Martha se convirtió sin proponérselo en un espejo donde otros encontraron fuerza.
“Es muy bonito estar con estos jóvenes que tienen sueños, ilusiones. Uno se contagia”, dice. Y es cierto: Martha contagia. Contagia ganas, valentía, humildad, esperanza.



Y hoy, mientras se prepara para recibir su diploma, siente que este momento no es un final, sino un comienzo. Una puerta que se abre hacia todo lo que siempre imaginó. Porque para ella, como para tantos graduandos, este día marca ese instante en el que la vida parece susurrar: aquí empieza lo que soñaste.
Martha Emilse Franco no solo se gradúa. Inspira. Y su paso por la UTP quedará como un recordatorio de que la voluntad humana, cuando se encuentra con oportunidades, puede mover montañas…, o miedos, o cualquier obstáculo que se atraviese en el camino.








